domingo, 23 de abril de 2017

Diario de una mujer, día 1: el nacimiento



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Querida, yo:

Inicio este diario hoy 23 de abril Día del Idioma.  La fecha no pudo ser mejor elegida - aunque sea una cuestión del azar-, porque en estas cartas trato de comunicarte un poco de lo que soy y que a veces olvidas.   Gracias por acompañarme sin previo aviso en este viaje a nuestra memoria.

Mi nombre es Nefertiti, me rebauticé así cuando tenía 11 años, en honor a la reina egipcia cuyo busto era lo más colorido de la página 125 del diccionario Larousse que consultaba de niña.  ¿Por qué Nerfertiti?  Creo que el nombre me lo impuso un marcador de belleza.  Ya sabes, soy eso que llaman "negra", aunque también podría ser india, zamba o mulata.  Mi identidad étnica es una cuestión que pesa demasiado en mis decisiones y convicciones.  Ahora, si te fijas, Nefertiti tiene un rostro imponente con un tocado que recoge todo su cabello hacia arriba, lo oculta.   Mi cabello es, para decirlo en los términos de Celi, el personaje principal de la novela El color púrpura de Alice Walker, "demasiado largo para ser corto y demasiado corto para ser largo", un trabalengua eh. Pues sí, tengo un cabello cuyas puntas jamás besa el sol, siempre lo llevo trenzado.  Lo escondo, temo que su presencia resulte de mal gusto a quienes esperan que todo ocupe el lugar indicado en el orden nuestras cosas.   

Nefertiti también representa belleza.  Yo soy fea ¿lo recuerdas? lo has escuchado demasiado, más o menos adornado con palabras que excusan a la naturaleza por sus despropósitos.  Pobrecita ella, tan empeñada en producir esperpentos que la majestuosa mano del cirujano corrige con una destreza proporcional al costo de sus servicios, a su habilidad u osadía.   

Tengo los ojos rasgados como la reina homónima.  Nunca me maquillo porque siento que sería incapaz de reconocerme a mí misma; pero me encanta el delineado que tienen las cejas de Nefertiti, tan perfecto.  Las cejas tienen la forma de una frontera, separan dos momentos de un único proceso en el que aprehendemos la realidad. 

Mis brazos son largos, un poco más del promedio, los heredé de la familia de mi padre.  Tengo justificación, puedo excusarme por ello.  Gracias señores Darwin, Dawkins y demás evolucionistas, entiendo que los genes conservan las características que resulten más valiosas y represente algún tipo de ventaja en esta encarnizada lucha por la supervivencia.  Si bien toco el techo con mayor facilidad que otro, me representa un problema tomarme de la mano con mi pareja.   Pero abrazo de un modo que a mí misma me resulta entrañable.

Qué te puedo decir de mis piernas, son largas y delgadas, antes más que ahora.  Mido 1,72 cm, según las mediciones médicas.  Mi cédula de ciudadanía señala una estatura de 1,76, marcador establecido según el consenso de los asistentes a la Registraduría Nacional del Estado Civil, regional Valle del Cauca, el día 18 de diciembre de 1991.  No te miento, el funcionario dudo del metro oficial y preguntó a los asistentes.  Todos coincidieron en que medía más y ha quedado para el registro la democrática voz del pueblo, imponiéndose en cuestiones tan vanas como mi estatura.  ¡Que viva Colombia!

Durante mis primeros años lo más llamativo de mi cuerpo fueron mis tetas, sí, tetas, amo esta palabra, tan simple y enfática, que causa pudor y rechazo.  Seguiré diciendo tetas porque hay un placer morboso en ello.  Mis tetas son mi zona erógena por excelencia, las mejores experiencias de mi vida giran alrededor de ellas, ser amante, madre y mujer se ha definido de algún modo por la relación que tengo con mis tetas.   

Mi culo no es importante, bueno, aparte de la función que puede cumplir durante el sexo, el culo no me obsesiona.  Su tamaño y su forma me son indiferentes; soy una hipócrita si digo que no alzo a mirar el culo de otros, me divierten sus formas, sus movimientos, y el martirio de las mujeres que se desviven por tener un culo a la medida de la imaginación de los más depravados.   Las mujeres estamos obligadas a tener culo, lo cual no es un requisito para ser hombre, a ellos se les perdona, se entiende.  

Hace algunos años coquetee virtualmente con un español y después de describirse se excusó por no tener culo.  Me pregunto que tanto determina el culo la elección de una pareja.  Si estas enamorado y tu pareja carece de este recurso seguro dirás: "bueno, no hay remedio, podemos arreglárnosla", y alimentarás tu imaginación mirando el culo de otras y otros.  Si tienes fondos suficientes ¡problema resuelto!.  ¡Benditas las mujeres que tienen hombres que las arreglen!  Quizás no podamos decir lo mismo de ellos. 

¿Recuerdas las calco-manías que fijan en las cabinas de los buses de transporte público?  Una de ellas reza: "solo peluches" frase que acompaña la figura de un cuerpo femenino.  Las mujeres que no tenemos hombres que nos arreglen debemos someternos a la vergüenza de no ser feas sino pobres, como nos justifica aquello de "no hay mujeres feas sino mal arregladas" o "no hay mujeres feas sino con marido pobre", porque al final ser linda o fea parece una cuestión masculina.  ¿Debe ser lindo o proporcionado el conductor que proclama sólo llevar peluches en su cabina?  

En cuestiones étnicas si que pesa el culo.  No eres "completamente negra" si no tienes culo, por este marcador podría alegar sufrir problemas de identidad racial.  ¿Donde olvidó la naturaleza mi culo cuando me hizo negra, o las tetas grandes y abrazadoras de las matronas de mi pueblo?

No me importa ser fea, no maquillarme, andar despelucada cualquier día de la semana, no arreglarme más o mejor porque es de día o de noche, la cena en casa o en un restaurante.  No me interesan las críticas de aquellos que están demasiado convencidos de la podredumbre de los otros y son inmunes a su propio olor. 
Es una lamentable contradicción de mi parte ser mujer y negra y practicar una religión como el catolicismo.  Eso no es excusable. Pues bien, ya vas recordando, que sirvan estas primeras palabras para refrescar tu mala memoria.  En resumen, este nacimiento quiere dejarte claro algunas cosas, mi nombre es Nefertiti, tengo más de 40 años, no practico ninguna religión y rechazo muchas de ellas, no soy miembro de partido político alguno; soy una negra que no le gusta que le llamen tal.  Reivindico la libertad de expresión.  Soy mujer, soy feminista y esta es mi historia.  

¡Recuerda!

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