Historias de vida: Angélica

Yo nací en una vereda de Tumaco llamada Piñal dulce, nombre demasiado amargo en mis recuerdos. En mi familia parecía la única mujer entre seis imaginarios masculinos porque mi mamá había decidido convertirse en una extensión de su marido, acatando ciegamente sus disposiciones. En 1972, a la edad de diez años y cuando cursaba el cuarto de primaria, se me estrechó el mundo y me hice consciente, por boca de mi padrastro, de una realidad de ser mujer: estudiar no es relevante para hacer el oficio que te han designado. Debí aceptar la interrupción de mis estudios mientras mis tres hermanos jalados por la tierra repartían su tiempo entre el colegio y la finca. A mí me reservaron la casa, mi tarea consistía en tener listos los alimentos y atender a los trabajadores cuando volvían de sus faenas. En esos días agotadores y demasiado largos para mi altura de niña, aprendí a hornear el pan, me enseñó una señora ecuatoriana que había llegado a Tumaco. Mis panes y galletas tenían fama, ...