Sor Juana Inés de la Cruz (1648-1695)
Más información sobre la autora
Vida y Trayectoria:
Nacida en México, Juana Inés de la Cruz mostró un prodigioso intelecto desde una edad temprana. A los 16 años, ingresó al convento de las jerónimas, donde continuó sus estudios y escribió gran parte de su obra. Su talento literario le ganó el reconocimiento de la corte virreinal, pero también atrajo críticas y cuestionamientos sobre su dedicación a la escritura en lugar de la vida monástica.
Sor Juana Inés de la Cruz enfrentó desafíos en un entorno que limitaba la participación intelectual de las mujeres. A pesar de las restricciones, se convirtió en una de las figuras más prominentes de la literatura barroca en el Nuevo Mundo.
Obras Destacadas:
Inundación Castálida (1689): Esta obra es una defensa apasionada de la educación de las mujeres, abogando por el derecho de las mujeres a acceder al conocimiento y expresar sus ideas. Sor Juana utiliza un lenguaje florido y argumentos persuasivos para desafiar las normas sociales de su tiempo.
Carta Atenagórica (1700): Publicada póstumamente, esta carta es una crítica satírica a las limitaciones impuestas a las mujeres en la sociedad de su tiempo. Sor Juana utiliza la alegoría y el ingenio para abordar cuestiones de misoginia y para expresar sus ideas de manera aguda y elocuente.
Respuesta a Sor Filotea de la Cruz (1700): Escrita en respuesta a las críticas sobre su dedicación a los estudios, esta obra es una defensa magistral de la educación de las mujeres y su derecho a participar en el ámbito intelectual. Sor Juana aborda cuestiones teológicas y filosóficas con profundidad y erudición.
Estilo Literario:
Sor Juana Inés de la Cruz se destacó por su dominio del lenguaje barroco y su capacidad para argumentar de manera aguda y satírica. Su obra refleja una fusión única de erudición, ingenio y una profunda sensibilidad poética. Su estilo literario refleja la complejidad del barroco, con metáforas elaboradas y una profunda reflexión filosófica.
Impacto Duradero:
El legado de Sor Juana Inés de la Cruz es innegable. Su valentía para desafiar las normas sociales de su tiempo y su defensa de la educación de las mujeres la han convertido en un ícono del feminismo y la lucha por la igualdad de género en la historia literaria hispanoamericana.
Bibliografía de Sor Juana Inés de la Cruz:
- Cruz, Sor Juana Inés de la. Inundación Castálida. 1689.
- Cruz, Sor Juana Inés de la. Carta Atenagórica. 1700.
- Cruz, Sor Juana Inés de la. Respuesta a Sor Filotea de la Cruz. 1700.
Estudios sobre Sor Juana Inés de la Cruz:
- Paz, Octavio. Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe. Fondo de Cultura Económica, 1982.
- Poot Herrera, Sara. Sor Juana Inés de la Cruz: Selected Works. W. W. Norton & Company, 2014.
- Yañez, Agustín. Sor Juana Inés de la Cruz: The Poet and the Nun. University of Arizona Press, 1990.
Sor Juana Inés de la Cruz es recordada como una figura valiente y visionaria que desafió las restricciones impuestas a las mujeres de su época. Su obra, permeada por la erudición, el ingenio y la poesía, continúa siendo objeto de estudio y admiración. Su defensa de la educación de las mujeres y su contribución al desarrollo de la literatura barroca en el Nuevo Mundo la sitúan como una de las luminarias literarias más importantes de la historia hispanoamericana.
Amor empieza por desasosiego
Amor empieza por desasosiego,
solicitud, ardores y desvelos;
crece con riesgos, lances y recelos;
susténtase de llantos y de ruego.
Doctrínanle tibiezas y despego,
conserva el ser entre engañosos velos,
hasta que con agravios o con celos
apaga con sus lágrimas su fuego.
Su principio, su medio y fin es éste:
¿pues por qué, Alcino, sientes el desvío
de Celia, que otro tiempo bien te quiso?
¿Qué razón hay de que dolor te cueste?
Pues no te engañó amor, Alcino mío,
sino que llegó el término preciso.
Con el dolor de la mortal herida
Con el dolor de la mortal herida,
de un agravio de amor me lamentaba,
y por ver si la muerte se llegaba
procuraba que fuese más crecida.
Toda en el mal el alma divertida,
pena por pena su dolor sumaba,
y en cada circunstancia ponderaba
que sobraban mil muertes a una vida.
Y cuando, al golpe de uno y otro tiro
rendido el corazón, daba penoso
señas de dar el último suspiro,
No sé con qué destino prodigioso
volví a mi acuerdo y dije: qué me admiro?
Quién en amor ha sido más dichoso?
Hombres necios que acusaís
Hombres necios que acusáis
a la mujer sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis:
si con ansia sin igual
solicitáis su desdén,
¿por qué queréis que obren bien
si la incitáis al mal?
Combatís su resistencia
y luego, con gravedad,
decís que fue liviandad
lo que hizo la diligencia.
Parecer quiere el denuedo
de vuestro parecer loco
el niño que pone el coco
y luego le tiene miedo.
Queréis, con presunción necia,
hallar a la que buscáis,
para pretendida, Thais,
y en la posesión, Lucrecia.
¿Qué humor puede ser más raro
que el que, falto de consejo,
él mismo empaña el espejo,
y siente que no esté claro?
Con el favor y desdén
tenéis condición igual,
quejándoos, si os tratan mal,
burlándoos, si os quieren bien.
Siempre tan necios andáis
que, con desigual nivel,
a una culpáis por cruel
y a otra por fácil culpáis.
¿Pues cómo ha de estar templada
la que vuestro amor pretende,
si la que es ingrata, ofende,
y la que es fácil, enfada?
Mas, entre el enfado y pena
que vuestro gusto refiere,
bien haya la que no os quiere
y quejaos en hora buena.
Dan vuestras amantes penas
a sus libertades alas,
y después de hacerlas malas
las queréis hallar muy buenas.
¿Cuál mayor culpa ha tenido
en una pasión errada:
la que cae de rogada,
o el que ruega de caído?
¿O cuál es más de culpar,
aunque cualquiera mal haga:
la que peca por la paga,
o el que paga por pecar?
Pues ¿para qué os espantáis
de la culpa que tenéis?
Queredlas cual las hacéis
o hacedlas cual las buscáis.
Dejad de solicitar,
y después, con más razón,
acusaréis la afición
de la que os fuere a rogar.
Bien con muchas armas fundo
que lidia vuestra arrogancia,
pues en promesa e instancia
juntáis diablo, carne y mundo.
En que da moral censura a una rosa
Rosa divina que en gentil cultura
eres, con tu fragante sutileza,
magisterio purpúreo en la belleza,
enseñanza nevada a la hermosura.
Amago de la humana arquitectura,
ejemplo de la vana gentileza,
en cuyo ser unió naturaleza
la cuna alegre y triste sepultura.
¡Cuán altiva en tu pompa, presumida,
soberbia, el riesgo de morir desdeñas,
y luego desmayada y encogida
de tu caduco ser das mustias señas,
con que con docta muerte y necia vida,
viviendo engañas y muriendo enseñas!
Que consuela a un celoso
Amor empieza por desasosiego,
solicitud, ardores y desvelos;
crece con riesgos, lances y recelos;
susténtase de llantos y de ruego.
Doctrínanle tibiezas y despego,
conserva el ser entre engañosos velos,
hasta que con agravios o con celos
apaga con sus lágrimas su fuego.
Su principio, su medio y fin es éste:
¿pues por qué, Alcino, sientes el desvío
de Celia, que otro tiempo bien te quiso?
¿Qué razón hay de que dolor te cueste?
Pues no te engañó amor, Alcino mío,
sino que llegó el término preciso.
De una reflexión cuerda
Con el dolor de la mortal herida,
de un agravio de amor me lamentaba,
y por ver si la muerte se llegaba
procuraba que fuese más crecida.
Toda en el mal el alma divertida,
pena por pena su dolor sumaba,
y en cada circunstancia ponderaba
que sobraban mil muertes a una vida.
Y cuando, al golpe de uno y otro tiro
rendido el corazón, daba penoso
señas de dar el último suspiro,
no sé con qué destino prodigioso
volví a mi acuerdo y dije: ¿Qué me admiro?
¿Quién en amor ha sido más dichoso?
¡Libertad... para pensar!

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