Carolina Coronado (1820-1911)
Carolina Coronado, escritoras española
Síntesis Biográfica
Carolina Coronado Romero de Tejada fue una destacada escritora española, nacida en Almendralejo, Badajoz, el 2 de diciembre de 1820. Desde muy joven mostró un talento excepcional para la literatura y se convirtió en una figura prominente del Romanticismo español. Su familia, de ideología progresista, la apoyó en su desarrollo intelectual, a pesar de las persecuciones que enfrentaron.
Padecimientos
Carolina padecía de catalepsia crónica, lo que la llevó a desarrollar una obsesión con la idea de ser enterrada viva. Esta obsesión la llevó a embalsamar el cadáver de su esposo, Justo Horacio Perry, a quien ella llamaba "el silencioso". Se casó con Perry en 1852, quien era secretario de la embajada de EE.UU.
Fases de su Vida
Después de su matrimonio, Carolina dejó la poesía por la prosa y se dedicó a ser anfitriona en Madrid y Lisboa, donde su salón fue frecuentado por personalidades progresistas de la época. Sin embargo, tragedias personales, como la muerte de su hijo Horacio y su hija Carolina, marcaron su vida.
Muerte
Carolina Coronado falleció el 15 de enero de 1911. Su cuerpo, junto con el de su esposo, fue trasladado a Badajoz, donde fue enterrada en el Cementerio de la ciudad.
Trayectoria
Carolina Coronado fue famosa por su belleza, elegancia y talento literario. Es considerada la equivalente extremeña de otras autoras románticas como Rosalía de Castro y ha sido llamada el "Bécquer femenino". A lo largo de su vida, escribió poesía, prosa novelística, artículos, ensayos y teatro. Formó parte de la Academia Guatemalteca de la Lengua y recibió numerosos reconocimientos por su obra.
Obras Representativas
Algunas de las obras más destacadas de Carolina Coronado incluyen:
Poesía
- Poesías, 1843; 2ª ed. ampliada 1852; 3ª ed. 1872.
- Poesías, edición, introducción y notas de Noël Valis, Madrid, Castalia, 1991. - Se va mi sombra, pero yo me quedo, edición por Luzmaría Jiménez Faro, Madrid, Torremozas, 2001. - Poesías, edición y prólogo Mercedes Rodríguez Pequeño, Dueñas (Palencia), Simancas ediciones, 2003.
- Jarilla, 1850. Paquita y Adoración, 1850. La Sigea, 1851. Luz, 1851. La rueda de la desgracia. Manuscrito de un conde, 1873. El oratorio de Isabel la Católica,1886. Harnina (inacabada), 1880.
- Ensayosmelos. Primer paralelo: Safo y Santa Teresa de Jesús, 1850. Un paseo desde el Tajo al Rhin, descansando en el Palacio de Cristal, 1851. Galería de poetisas contemporáneas (varios escritos publicados entre 1846 y 1862).
- El cuadro de la Esperanza, (inédito, fecha probable 1847-1848).
- Los genios gemelos - Obra en prosa. Novelas, teatro, ensayos, artículos y cartas, Edición, introducción y notas de Gregorio Torres Nebrera, Mérida, Editora Regional de Extremadura, 1999, 3 voll. - Jarilla, edición e introducción de Monroe Z. Hafter, Badajoz, Diputación de Badajoz, 2001.
- Cartas de Carolina Coronado a Juan Eugenio de Hartzenbusch, porIsabel Fonseca Ruiz, en Homenaje a Guillermo Gustavino, Madrid, asociación Nacional de Bibliotecarios, Archiverso y Arqueólogos, 1974, pp. 171-199; y por Isabel María Pérez González, La condición femenina en las cartas de Carolina Coronado a Juan Eugenio de Hartzenbusch en «Revista de Estudios Extremeños» Badajoz, 1992, pp. 259-314.
Carolina Coronado dejó un legado perdurable en la literatura española, especialmente en la poesía romántica. Su talento y su contribución al movimiento literario de su época la convierten en una figura emblemática de la cultura española del siglo XIX.
Cantad, hermosas
Las que sintáis, por dicha, algún destellodel numen sacro y bello,
que anima la dulcísima poesía,
oíd: no injustamente
su inspiración naciente
sofoquéis en la joven fantasía.
Si en el pasado siglo intimidadas
las hembras desdichadas,
ahogaron entre lágrimas su acento,
no es en el nuestro mengua,
que en alta voz la lengua
revele el inocente pensamiento.
Do entre el escombro de la edad caída,
aun la voz atrevida,
suena, tal vez, de intolerante anciano,
que en áspera querella
rechaza de la bella
el claro ingenio, cual delirio insano.
Mas ¿Qué mucho que sienta la mudanza
quien el recuerdo alcanza
de la edad en que al alma femenina
se negaba el acento,
que puede, por el viento,
libre exhalar la humilde golondrina?
Aquellas mudas turbas de mujeres,
que penas y placeres
en silencioso tedio consumían,
ahogando en su existencia
su viva inteligencia,
su ardiente genio, ¡Cuánto sufrirían!
¡Cuál de su pensamiento la corriente,
cortada estrechamente
por el dique de bárbaros errores,
en pantano reunida,
quedara corrompida
en vez de fecundar campos de flores!
¡Cuánto lozano y rico entendimiento,
postrado sin aliento,
en esos bellos cuerpos juveniles,
feneció, tristemente,
miserable y doliente–,
desecado en la flor de los abriles!
¡Gloria a los hombres de alma generosa,
que la prisión odiosa
rompen del pensamiento femenino!
¡Gloria a la estirpe clara
que nos guía y ampara
por nuevo anchurosísimo camino!
La rosa blanca
Antes que por la lluvia fecundadaarde la tierra al sol de primavera,
que apresurando su veloz carrera,
muestras la luz de mayo anticipada;
queda la yerba mísera abrasada
antes de desplegarse en la pradera
y, como niño que en la cuna muere,
seco el pimpollo al rayo que lo hiere.
Para su breve curso el arroyuelo:
la fuente agota su caudal mezquino;
de la desnuda acacia al muerto espino
lleva la joven mariposa el vuelo;
el polvo lame del estéril suelo
la oveja hambrienta, y fijo en el camino.
A lo lejos contempla los sembrados
el labrador con ojos desolados…
¿A qué viene la niña de la aldea
a recorrer los campos cuidadosa
si no ha de hallar en ellos ni una hermosa
flor, que de su cabello ornato sea?
Siempre cuando la mansa luna ondea,
al acabarse el día, presurosa
desciende murmurando a la ribera
y se mira en el agua placentera.
Y alza de entre los juncos de su orilla
una flor de blancura reluciente
y una por una cuenta ansiosamente
las hojas de su corola sencilla:
y cuantas menos son, más gozo brilla
en la faz de la niña, más latiente
siente su pecho, y en el onda pura
mira con más cuidado su hermosura. (…)
A una gota de rocío
Lágrima viva de la fresca aurora,a quien la mustia flor la vida debe,
y el prado ansioso entre el follaje embebe;
gota que el sol con sus reflejos dora;
Que en la tez de las flores seductora
mecida por el céfiro más leve,
mezclas de grana tu color de nieve
y de nieve su grana encantadora:
Ven a mezclarte con mi triste lloro,
y a consumirte en mi mejilla ardiente;
que acaso correrán más dulcemente
las lágrimas amargas que devoro
mas ¡qué fuera una gota de rocío
perdida entre el raudal del llanto mío…!
¡Oh, Cuál te adoro!
¡Oh, cuál te adoro! Con la luz del díatu nombre invoco, apasionada y triste,
y cuando el cielo en sombras se reviste
aun te llama exaltada el alma mía.
Tú eres el tiempo que mis horas guía,
tú eres la idea que a mi mente asiste,
porque en ti se encuentra cuanto existe,
mi pasión, mi esperanza, mi poesía.
No hay canto que igualar pueda a tu acento
cuando mi amor me cuentas y deliras
revelando la fe de tu contento;
tiemblo a tu voz y tiemblo si me miras,
y quisiera exhalar mi último aliento
abrasada en el aire que respiras.
El marido verdugo
¿Teméis de ésa que puebla las Montañasturba de brutos fiera el desenfreno?…
¡más feroces dañinas alimañas
la madre sociedad nutre en su seno!
Bullen, de humanas formas revestidos,
torpes vivientes entre humanos seres,
que ceban el placer de sus sentidos
en el llanto infeliz de las mujeres.
No allá a las lides de su patria fueron
a exhalar de su ardor la inmensa llama;
nunca enemiga lanza acometieron,
que otra es la lid que su valor inflama.
Nunca el verdugo de inocente esposa
con noble lauro coronó su frente:
¡Ella os dirá temblando y congojosa
las gloriosas hazañas del valiente!
Ella os dirá que a veces siente el cuello
por sus manos de bronce atarazado,
y a veces el finísimo cabello
por las garras del héroe arrebatado.
Que a veces sobre el seno transparente
cárdenas huellas de sus dedos halla;
que a veces brotan de su blanca frente
sangre las venas que su esposo estalla.
¡Y que ¡ay! del tierno corazón llagado
más sangre, más dolor la herida brota,
que el delicado seno macerado,
y que la vena de sus sienes rota!
Así hermosura y juventud al lado
pierde de su verdugo; así envejece:
así lirio suave y delicado
junto al áspero cardo arraiga y crece.
Y así en humanas formas escondidos,
cual bajo el agua del arroyo el cieno,
torpes vivientes al amor uncidos
la madre sociedad nutre en su seno.
A la soledad
Al fin hallo en tu calmaSi no el que ya perdí contento mio,
Si no entero del alma
El noble señorío ,
Blando reposo a mi penar tardio.
Al fin en tu sosiego ,
Amiga soledad, tan suspirado,
El encendido fueso
De unpecho enamorado
Resplandece mnsdulecy mas templado.
Y al fin si con mi llanto
quiero aplacar ¡ay triste! los enojos
del íntimo quebranto,
No me dará sonrojos
El contínuo mirar de tantos ojos.
Dánme, si, tierno alivio
La soledad del carneo y su belleza,
Y va el dolor mas tibio
Su ardiente fortaleza
Convirtiendo en pacifica tristeza.
Plácenme los colores
Que al bosque dan las luces matutinas:
Alégranme las flores,
Las risueñas colinas
Y las fuentes que bullen crislalinas.
Y pláceme del monte
La grave magestad que en las llanadas
Como pardo horizonte
De nubes agolpadas,
Deja rer sos encinas agrupadas.
Allí con triste ruido
De las sonoras tórtolas, en tanto
que posan en el nido
bajo calado manto,
De una a otra encina se responde el canto.-
-Tal "vez mis pasos guio
Por los somhrosos valles , escuchando
Al caminante rio,
que con acento blando
Se por los juncares lamentando.
Ya entonces descendiendo
De su altura va el sol, cansada y fria
Claridad esparciendo,
Y á poco entre armonía
Cierra sus ojos el señor del dia.
Y los mios acaso
Alguna vez, del sueño sorprendidos,
Dejaron que en su ocaso
pararan confundidos
Afanes del espíritu y sentidos.
Si sola y retirada,
Aun me entristece mas noche sombrla,
la luna ocon rosada
faz, por oculta via
Sale a hacerme. amorosa compañía.
Y al fin hallo en tu calma,
¡Oh soledad! si no el contento mio,
Si no entero del alma
El du lce sc1iorio ,
blando reposo a mi penar tardío.
Melancolía
Emilio, ¡cómo apurasLoco de risa el tiempo en la alegria!
No hay tregua a tus venturas,
Como en la pena mía
No hay tregua a la infeliz melancolía.
Anima tu contento
La primavera, y mi tristeza acrece:
Paréceme que el viento
que aspiro se enrarece,
y la lumbre del cielo se oscurece.
Los campos tan hermosos
A tus brillantes ojos, a los mios
Turbios, son en fadosos
Anchos espacios frios,
De objetos, de color, de luz vacíos.
Bastan del arroyuelo
A tu juego infantil las blancas chinas:
la fortuna tu anhelo
Cumple, si en las vecinas
Mieses con la escond ida alondra atinas.
¡Cuánto es el alborozo
Que tu impaciente corazon regala!
El temblor de su gozo
la agitación iguala
De la avecilla sacudiendo el ala...-
De niña, el riachuelo
Y las aves también me divertían,
Y cuantas por el suelo
Lindas flores se abrían,
A mi regazo fáciles vcnian.
Mas ya ¿dónde el hechizo
De esas llanuras para mi se encierra?
Si de verde ó pajizo
Se engalana la tierra,
Si brota el árbol, si pa flor se cierra.
Ua alma alborozada
Tantos encantos y mudanzas vea:
La mia desolada
De cuanto la rodea,
Solo con el silencio se recrea.
A mi hija María Carolina
Oh! mucho tiempo, sí; desde que era
Tan niña, que en el campo me dormia
Cuando el sueño feliz me sorprendia
Jugando por la siesta en la pradera,
Hace ya que sentí por vez primera
Una emoción de pena i alegría,
Que me arrancaba lágrimas estrañas
De la misma raíz de las entrañas.
Solo con ver el álamo primero
Cubrirse en marzo de verdor naciente
I a la primer caricia del ambiente
Brotar el lirio a orilla del sendero;
I a la cria del pato marinero
Del arroyo cruzando la corriente,
De placer i dolor me estremecia
I lloraba a la par que sonreía.
El vago revolar de algun polluelo,
Que por primera vez dejaba el nido,
I del otro mas jóven, que escondido
Pïaba sin poder alzar su vuelo,
Me llenaban de gozo y desvelo
El tierno afan y bullicioso ruido,
I allí, en el árbol la atencion cautiva,
Quedaba silenciosa y pensativa.
Si en los huertos buscando dulces flores
Una oruga, en capullo, me encontraba,
En el hueco de un tronco la guardaba
Donde el sol la prestase sus ardores;
I cuando ya las alas de colores,
Rompiendo su prision la bella esclava,
Por vez primera al aire sacudia,
Yo lloraba de pena i de alegría.
Siempre, cuando la luna del estío
Nacer veia en el sereno cielo,
Levantaba mis brazos con anhelo
Para estrecharla contra el pecho mio;
I cuando el astro sosegado i frio
Ocultaba la niebla entre su velo,
Como ausencia de prenda mui querida,
Me dejaba impaciente y aflijida.
Yo recuerdo aquel ansia palpitante
Que ajitaba mi vida en su mañana
Cuando en las mansas ondas del Guadiana
Se retrataba mi infantil semblante:
Viendo una vaga niña andar flotante
Allá en el fondo, con mi mano insana
Dividia el cristal en mil pedazos
Por querer estrecharla entre mis brazos…
¡Pimpollo de álamos frondosos,
Blanco lirio brotado con la aurora,
Ave nueva de pluma encantadora,
Mariposa de huertos olorosos,
Luna de los estíos mas hermosos,
Del agua peregrina moradora,
Encanto de mi alma ¡…. tú, hija mía,
Eras aquel amor que yo sentia!
Ah! si la torpe i ruda intelijencia,
De mi materno amor siempre ignorante,
Me hubiera dado la preciosa ciencia
De adivinar tu sér por un instante;
Si hubiera comprendido tu existencia,
Si hubiera contemplado tu semblante,
¡Cómo hubiera lanzado ni un jemido,
Hija del corazon, cuando has nacido!
Jemido fue de vanidosa artista,
Cuya vida a la gloria consagrada,
De su espíritu flaco i egoista
No puede dar al sufrimiento nada;
Mas presto yo cuando fijé mi vista
En tu hermosa cabeza idolatrada,
Arrepentida, con supremo encanto,
Ventí sobre ella jeneroso llanto.
Ai! cuánto tiempo consumí de vida
Atenta de la fama al vano ruido;
Cuán deliz pude ser i no lo he sido
Hasta que tú naciste, hija querida!
Mas, no de lauro me verás ceñida,
Porque si algunas hojas he obtenido,
Yo ya no quiero para mí ninguna,
Todas están para adornar tu cuna.
El alma, Carolina, el alma llora
Los años que no pude consagrarte;
Los dias que he vivido sin mirarte
Son para mí de pesadumbre ahora!
Volver quisiera a mi naciente aurora
I seguirte por siempre i no dejarte
Aunque mi númen, a mi jenio adverso,
No me inspirase nunca un solo verso.
¡Pérdoname aquel tiempo ya pasado
En que tanto canté, porque creia
Que era ambicion la pena que sufria
Mi pobre corazon desamparado;
La juventud fecunda que he gastado,
En inútiles ecos de poesía
Quisiera recobrar, i uno por uno
Darte mis años sin guardar ninguno!
Si canto ya, será para dormirte,
I si mi ven con el oido atento
No será para oir mi propio acento,
Será, si te despiertas, para oirte;
Si canto ya, será para decirte
Lo que al mecerte entre mis brazos siento;
Pero jamas al número sujeta
Cantaré con el tono del poeta.
Si quiere ser de mi talento amigo
El númen de los niños inocente,
Yo aprenderé del habla balbuciente
Los vagos tonos, para hablar contigo….
Pero ¿cuándo hablarás? ya en el Oriente
Vuelve a rayar el sol que fue testigo
De mi santo dolor i gozo estraño,
I ya se cumple de tu vida un año!
Habla para rezar, habla, hija mia,
Que hoi temblando medrosa por tu suerte
Me acuerdo mas que nunca de la muerte
I quiero que le reces a María:
Ella fue nuestro amparo i nuestra guia,
Ella vino a salvarte i protejerte
I aunque amenace la enemiga estrella,
Libres estamos si nos guarda ella.
Ah! yo quisiera con mi boca amante
Trasmitir el acento a tu garganta
Para que el himno de su gloria santa
Tu boca perfectísima le cante;
Luego podré morir sin pena tanta;
Porque al dejarte, entónces, decir puedo,
Se va mi sombra, pero yo me quedo!
Enero 29 de 1854
Fuente: Coronado de Perry, Carolina. (1860). “A mi hija Maria Carolina”. El Mosaico, II, N° 44, pp. 351-352.

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