Lucía Alfaro (1959)
Arritmia de las horas
se ha tornado de un azul oscuro.
A Virginia Wolf
Empiezo a sospechar
la gota de sangre en el espejo
y la lágrima estéril
que bordea las piedras.
He novelado el beso en las cuatro estaciones
de esta cárcel que algunos llaman casa.
Las paredes no saben que me tapo la cara
para que no intuyan
ese olor a muerte que sube a quemarropa
rasgando los peldaños
y me suspende total detrás de la ventana.
He tentado el pastel
con un sabor a sal
y a chocolate
en la estoica mejilla de mi hijo.
Confieso que fui a comprar las flores
y a recoger las arrítmicas piedras
en el jardín de atrás,
donde duermen los pájaros
con los ojos abiertos debajo de las aguas.
(De Antagonía, Editorial Torremozas, España 2016)
Albatros
Sabe que no es un simple ángel,
se descubrió animal
que no conoce dónde empieza el perdón.
Pero ya no le teme a los falsos satélites
que refleja el océano.
Sospecha que la luna esconde un pecado original
detrás de sus mentiras.
Intuye que la muerte descansa en sus ojos
deliberadamente;
por eso para olvidar el rastro
del ángel vengativo,
esconde la llaga debajo de sus plumas
cada vez que solloza tendido en la arena.
Es solo un animal
que no sabe dónde acaba el océano.
(De Las lunas del mal, Editorial Summa, Perú, 2021)
Ritual de luna llena
De niña alguna vez pensé
que la luna era un pájaro triste
naciendo en el costado de la noche
y que los astros más pequeños
eran estrellas
formadas con las cenizas
de mis antepasados.
Pero era otra falacia.
Después la vi dejar sus alas
detrás de los telones
y rodearse de mujeres sombrías,
de farsantes que querían mi sangre
en sus rituales.
Cantaban y danzaban descalzas,
drogadas de codicia se rasgaron las ropas
al son de los tambores,
sarcásticas reían
y elucubraban palabras incoherentes.
Ella miraba ansiosa,
radiante, satisfecha,
altiva en la concavidad de las tinieblas.
Yo la miré desde el fondo
de mis aguas,
ya sin venda en los ojos
pude darle la espalda.
(De Las lunas del mal, Editorial Summa, Perú, 2021)
A contrapelo
La vida es este instante –me repiten los ecos,
y yo sigo corriendo, buscando en cada ojo,
en cada signo,
en cada flor que se abre la señal de salida.
Alguien me quiere hablar de sus veinte años,
de los pétalos rotos que esconde entre su falda,
de los sueños que antecedieron siempre a las posibilidades.
Mientras yo camino indiferente
tropezando entre las hojarascas
y en el tacón mordaz del boom de los charoles.
He dejado el instante
en el cansado quicio del cansancio.
He envuelto con gasa mis talones
y he tomado en mis brazos el corazón del viento
para correr entre las avenidas
y entre los vendedores de manzanas,
de luces importadas, de diciembres…
El carnaval a veces me convoca,
después me deja ebria
en esa esquina que tampoco existe.
La vida sigue atenta la dirección del polvo
que levantan mis pasos;
con su boca ya seca
y su mareada brújula
corre detrás de mí, a contrapelo,
tratando de alcanzarme.
Se vuelve perra fiel, hambrienta loba,
quiere beber la savia de mis huesos,
quitarme el antifaz, la piel, la lágrima,
esta sonrisa de esfinge que no es mía.
Pero yo sigo nómada, solipsista metáfora,
cláusula impersonal
buscando alucinada la cábala,
o el ángel que se atreva a estremecer la piedra,
la meta y su cintilla.
La vida se desnuda de pronto en mis pupilas…
(De La soledad del ébano, Editorial de la Universidad de Costa Rica, 2015)
Blues
El blues me llama siempre
desde cualquier neblina.
Desde este ozono
gris y nauseabundo
contaminado de odio
penetra hasta dolerme,
desguaza muy despacio
a cada araña sobria
que se teje en mi boca.
Los girasoles, todos,
son un charco de miedo
temblando en estas cuencas
que perdieron los ojos.
Pero el blues se acurruca
como un niño muerto
al lado de mi tumba.
Me llama desde entonces,
desde antes,
desde siempre.
Dice que esta atmósfera
no le es suficiente
para sus coordenadas.
Repite que los buitres
nos secaron los huesos,
y que inventaron nombres,
líneas distorsionadas,
colores cibernéticos
y pantallas de plasma
con pájaros y niños
empapados de sangre
y de demencia.
(De Antagonía, Editorial Torremozas, España 2016)
Tregua
Necesito reconstruir su rostro,
su círculo perfecto
cada treinta de octubre
y no morir de mar en el intento.
Necesito llegar a ese puerto
donde llegan los pájaros
que perdieron el rastro
y hacer de este corazón
un muelle silencioso
en desventaja idónea,
para que copulen ballenas
y naufragios,
y el fin de las sirenas
no sea la extinción de los sueños.
Necesito encontrarla flameando
en los faros de los barcos de infancia
sin cobardía o valor,
simplemente mirarla de cinco años
en las latas urgentes de los techos
y lavarle los ojos con la sal
de mis aguas ocultas,
cauterizar la sangre,
la mentira, la arena
con la grafía rebelde
que palpita debajo de esta huella.
(De Las lunas del mal, Editorial Summa, Perú, 2021)
Luna en minúscula
Imaginó ser un satélite invencible
pero es solo una gota de sudor
que cae del gran astro.
Yo la encontré en el fondo de mí misma
porque el mar no le fue suficiente.
La conozco y no puede mentirme.
Caminé por los zaguanes tristes de su psique
y entonces la nombré luna en minúscula.
Nunca más dominará este océano.
La playa está sitiada
con valeriana y otras hierbas santas,
para que no martille la memoria
del ángel de las aguas.
Su huella fue borrada
por los mismos cangrejos
que devoró en su cena.
Ahora está floreciendo el cactus
que sembré entre manglares
y la señal que dejó en mi costado
cicatrizó bendita.
¿Qué inteligencia extraña le ordenó vigilarnos?
El devenir opaco de la cara que oculta
la obliga a alejarse.
No aumentará su órbita.
Todos saben que no tiene luz propia.
Los ancestros ya lo han demostrado:
nadie es indispensable
en la raíz volátil de las piedras.
(De Las lunas del mal, Editorial Summa, Perú, 2021)
Esta entrada se escribió con ayuda de la IA
¡Libertad... para pensar!
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