Belkis Cuza Malé (1942)
Biografía
Durante su trayectoria, desempeñó importantes roles en el ámbito cultural cubano, incluyendo responsabilidades en Relaciones Exteriores y Literatura y Publicaciones del Provincial del CNC de Oriente. Además, ejerció como profesora de Español en secundarias de Santiago de Cuba.
Belkis Cuza Malé ha dejado una huella significativa en la literatura cubana contemporánea a través de su prolífica producción poética y su compromiso con la difusión cultural.
Premios:
Su talento literario ha sido reconocido con varias menciones de poesía en los prestigiosos concursos Casa de las Américas en los años 1962, 1963, 1969 y 1970, así como en el concurso de la UNEAC en 1968. En este último certamen, también obtuvo una mención de biografía.
Bibliografía activa
- Entre las obras más destacadas de Belkis Cuza Malé se encuentran:
- El viento en la pared (Poemas), publicado en 1962.
- Los alucinados, también publicado en 1962.
- Tiempos de sol (Poesía), publicado en 1963.
- Cartas a Ana Frank, publicado en 1966.
Estas obras reflejan su sensibilidad poética y su capacidad para abordar temas relevantes con una voz distintiva y poderosa.
Las mujeres no mueren en las líneas de fuego
Las mujeres no mueren en las líneas de fuego,
no ruedan sus cabezas como pelotas de golf,
no duermen bajo un bosque de pólvora,
no hacen ruinas el cielo,
no hay nieve que enfríe sus corazones.
Las mujeres no mueren en las líneas de fuego,
no expulsan el diablo de Jerusalem,
no vuelan acueductos, ni vías férreas,
no dominan el arte de la guerra,
ni el arte de la paz.
No llegan a generales,
ni a soldados desconocidos de piedra
en el centro de una plaza mayor.
Las mujeres no mueren en las líneas de fuego.
Son estatuas de sal en el Museo del Louvre,
madres como Fedra,
amantes de Enrique VIII,
Mataharis,
Evas de Perón,
reinas asesoradas por un Primer Ministro,
niñeras, cocineras, lavanderas
o poetisas románticas.
Las mujeres no hacen la Historia,
pero a los nueve meses la expulsan de su vientre
y luego duermen veinticuatro horas
como el soldado que regresa del frente.
Mujer brava que caso con Dios
A Sor Juana Inés de la Cruz
Me la imagino toda de blanco,
pintando las paredes del convento con malas
palabras,
abrumada por el calor, por los mosquitos,
y el desierto que era su celda.
Supongo que mucho antes, había cometido un desliz
con un caballero que por aquel tiempo
ya era casado, pero que reconstruía su vida de soltero
cada vez que la besaba.
Estoy segura de que cuando él la abandono,
ella quiso entregar su cuerpo al diablo,
hacerse una mujer práctica e indigna,
y que compró dos o tres trapos femininos,
lloró un poco,
y luego se dijo: “Toda la maldad del mundo son
los hombres”.
Creo, es más,
que no procuro olvidarlo,
que llevó un récord de las batallas que ganaba,
y que solamente cuando lo mataron
en aquel lío de mujeres
ella puso sus ojos en otro,
y que casó con Dios, el impotente.
Niñez
Cuando fui una niña
salía a la calle
a soñar despierta,
jugaba a la rueda,
detestaba el parque,
me dormía sentada en la puerta.
Quería que el mundo
de verde, de tul,
de azul, de cerezas
tiñera, vistiera
su palidez muerta.
Me dolía que la gente
no quisiera
a los perros,
a los conejos,
a los gatos.
Los veía tiernos,
hambrientos,
juguetes humanos.
Y nadie quería
que los guardara en mi patio.
Ver lindas
alas de mariposas,
dejarlas volar,
dejarlas que jueguen
también con nosotras.
Coger florecillas
silvestres y raras.
¡Y pensar que ser niño
dura lo que una mañana!
Asimilo
Asimilo
el verbo conjugado
sin ser dicho.
No hace falta
trasplantarnos las uñas
de las manos
a la tierra,
para saber
que el marco de la puerta
forma un ángulo;
que los pies descalzos
andan sueltos;
ni que hace tiempo
mi espíritu se ha muerto
robando
granos de azúcar
a las moscas,
y ventilando situaciones
de cuidado.
Summertime in Princeton
Bienvenida la mañana
y la música casi vulgar de los pájaros
recién nacidos,
mientras el niño
bebe su jugo de frutas
sentado como un jefe indio frente a la TV.
El verano quiebra la paz de esta casa,
y andamos por ahí todo el tiempo,
empujando la puerta de tela metálica,
dando vueltas con la sangre ardiendo,
dispuestos a olvidar,
aunque luego no recordemos qué,
ni a quién, pues
el olvido llega de tarde en tarde
como el verano,
y llena de pulgas al perro
y de telarañas al árbol,
ese tilo que crece en el patio,
olvidado,
a la intemperie,
a ratos delirando,
deshojándose, crucificado,
y convertido luego en espantapájaros.
Hasta que una tarde cualquiera
lo arrancan de cuajo,
como el que arranca un ojo al enemigo,
ese vecino que no habla nuestra lengua.
Ten paciencia, me digo sin éxito,
es el verano:
abre las ventanas de esta casa,
y que la música de los pájaros recién nacidos
picotee en tu alma.
En el museo de la vida
¿Qué somos? ¿Dioses imperfectos
sometidos los unos a los otros? ¿Hombres ranas?
¿Muchedumbre? ¿Escoria?
¿Conquistadores gloriosos del presente?
Vivimos en el museo de la vida,
atravesamos salas y bastiones, mapas históricos
cagados por las auras. ¿Quién se atreve a minar
la tradición, viejo empeño de abuelas?
Pero yo no he vivido y esto huele a folklore.
Nada han visto mis ojos. Estas manos que acarician
los leones de piedra, rozan también la estatua de beduino
sin ser correspondidas.
¿No habrá sitio en el mundo
que no sea este viejo arsenal de chucherías,
este acabado caserón?
Escribiré
Escribiré
con letras grandes,
sin que la luz
que trae el día
me soborne.
Escribiré
en los pétalos
sensibles de las flores,
en la esperanza
latente de los hombres.
Con la musa
que encontré
en el pan de cada día,
con la aspereza
del que quiere escribir
y no tiene manos.
Escribiré…
Compro libros viejos: sillas, camas, bastidores...
Los compradores de muebles viejos
a menudo olvidan el amor,
sustraen una cama o una silla
aprovechando que sus dueños se han mudado
para siempre,
que embarcaron con la vejez y la tarde,
que no tuvieron tiempo de decidir la suerte
de los objetos
y a última hora hubo que deshabitar la casa,
abandonar la felicidad de antes
y partir sin despedirse de la cocinera.
Los compradores de muebles viejos
borran el polvo,
cualquier mancha de aceite sobre la superficie
y hasta inventan una historia feliz
para el nuevo dueño:
«Aquí se sentada el Rey Midas».
«En esta cama nació María Antonieta».
Pero las huellas del antiguo cuerpo
no desaparecen nunca,
ni la fatalidad, ni la soberbia
y el nuevo propietario comienza a pensar
que él es el otro,
que todo lo que toca se convierte en sal y agua,
que su mujer ha perdido la cabeza
y que ya no hay modo de no morir como los otros.
Las cenicientas
Somos las cenicientas.
El señor Botticelli pintó para nosotras
las tres hadas madrinas.
No somos inocentes.
El Príncipe nunca nos ha besado.
No hemos pisado su recámara,
ni lamido su vientre.
Vivimos en la cocina,
nuestra luna es el fuego.
Nuestros pies son enormes;
un largo baño no nos vendría mal.
Andamos con sayas rotas,
con las greñas al aire
y comemos pan duro.
No somos inocentes.
Por negritas, por feas y por putas
fuimos chifladas en el certamen de Miss Universo.
Pero gritamos (las deslenguadas)
¡merde! al culo del rey
y ¡merde! a sus ministros,
aunque ellos rabien con nuestra peste.
Maniquí
La envidio,
ella usa un vestido de dos piezas de Chanel,
una cartera de Gucci,
unos zapatos de Ferragamo.
La boca ríe con rojo de Estée Lauder
y Elizabeth Arden le delinea los ojos desafiantes.
De Ralph Lauren es el tatuaje de la piel,
y de Geoffrey Beene, las piernas.
Huela a Paloma Picasso, a agua de coco y a verbena,
no usa sostén,
pero el bikini es un diseño de Valentino.
Para el sol, cristales oscuros de la Loren.
Y a la hora de la verdad
nada como su Rolex con brillantes.
Ah, el alma le fue cortada y cosida en la casa Dior
sobre hermosos brocados persas.
Si no me quisiera tanto a mí misma
me gustaría ser ella,
la dama fea del perrito.
La patria de mi madre
Mi madre decía siempre
que la patria era cualquier sitio,
preferiblemente el sitio de la muerte.
Por eso compró la tierra más árida
y el paisaje más triste
y la yerba más seca,
y junto al árbol infeliz
comenzó a levantar su patria.
La construía a pedazos
(un día una pared, otro día el techo,
y, a ratos, huecos para dejar colar el aire).
Mi casa es mi patria -decía-
y yo la veía cerrar los ojos
como una muchacha llena de ilusión
mientras escogía, de nuevo, a tientas,
el sitio de la muerte.
Los fotogénicos
Por las esquinas amarillentas de la hoja de papel,
se les ve caminar, desaparecer al doblar la página.
Habitan una isla en el trópico de la guerra,
una isla donde todos los vasos están rotos,
una isla a caballo.
Entran en los suburbios de la tarde
y en los hoteles de paso,
navegan en una cama de velas blancas,
mientras él canta y ella es un ruido más,
una ola debajo de la cama.
Mejor callarse y dejarlos que duerman
y dejarlos que vivan
y dejarlos que mueran.
Al pie de las fotos unas cuantas líneas
atestiguan el hecho:
ninguno está seguro del otro,
pero navegan,
navegan con la isla por todos los mares del mundo.
¡Libertad... para pensar!
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