Belkis Cuza Malé (1942)

Belkis Cuza Malé, Mujeres escritoras del siglo XX, Derechos reservados,
Belkis Cuza Malé, escritora cubana


Biografía

Belkis Cuza Malé es una escritora cubana nacida el 15 de junio de 1942 en Guantánamo, Oriente, Cuba. Graduada de Bachiller en Letras, su vida y obra están marcadas por una profunda dedicación a la literatura y una destacada participación en el ámbito cultural cubano.

Cuza Malé cursó la primaria en su pueblo natal y posteriormente se graduó de Bachiller en Letras en el Instituto de Santiago de Cuba entre los años 1956 y 1961. Aunque inició estudios en las Escuelas de Letras de las universidades de Oriente y La Habana, no los concluyó.

Durante su trayectoria, desempeñó importantes roles en el ámbito cultural cubano, incluyendo responsabilidades en Relaciones Exteriores y Literatura y Publicaciones del Provincial del CNC de Oriente. Además, ejerció como profesora de Español en secundarias de Santiago de Cuba.

Belkis Cuza Malé ha dejado una huella significativa en la literatura cubana contemporánea a través de su prolífica producción poética y su compromiso con la difusión cultural.

Premios:

Su talento literario ha sido reconocido con varias menciones de poesía en los prestigiosos concursos Casa de las Américas en los años 1962, 1963, 1969 y 1970, así como en el concurso de la UNEAC en 1968. En este último certamen, también obtuvo una mención de biografía.

Bibliografía activa
  1. Entre las obras más destacadas de Belkis Cuza Malé se encuentran:
  2. El viento en la pared (Poemas), publicado en 1962.
  3. Los alucinados, también publicado en 1962.
  4. Tiempos de sol (Poesía), publicado en 1963.
  5. Cartas a Ana Frank, publicado en 1966.

Estas obras reflejan su sensibilidad poética y su capacidad para abordar temas relevantes con una voz distintiva y poderosa.

Las mujeres no mueren en las líneas de fuego

Las mujeres no mueren en las líneas de fuego,

no ruedan sus cabezas como pelotas de golf,

no duermen bajo un bosque de pólvora,

no hacen ruinas el cielo,

no hay nieve que enfríe sus corazones.

Las mujeres no mueren en las líneas de fuego,

no expulsan el diablo de Jerusalem,

no vuelan acueductos, ni vías férreas,

no dominan el arte de la guerra,

ni el arte de la paz.

No llegan a generales,

ni a soldados desconocidos de piedra

en el centro de una plaza mayor.

Las mujeres no mueren en las líneas de fuego.

Son estatuas de sal en el Museo del Louvre,

madres como Fedra,

amantes de Enrique VIII,

Mataharis,

Evas de Perón,

reinas asesoradas por un Primer Ministro,

niñeras, cocineras, lavanderas

o poetisas románticas.

Las mujeres no hacen la Historia,

pero a los nueve meses la expulsan de su vientre

y luego duermen veinticuatro horas

como el soldado que regresa del frente.


Mujer brava que caso con Dios

A Sor Juana Inés de la Cruz


Me la imagino toda de blanco,

pintando las paredes del convento con malas

palabras,

abrumada por el calor, por los mosquitos,

y el desierto que era su celda.

Supongo que mucho antes, había cometido un desliz

con un caballero que por aquel tiempo

ya era casado, pero que reconstruía su vida de soltero

cada vez que la besaba.

Estoy segura de que cuando él la abandono,

ella quiso entregar su cuerpo al diablo,

hacerse una mujer práctica e indigna,

y que compró dos o tres trapos femininos,

lloró un poco,

y luego se dijo: “Toda la maldad del mundo son

los hombres”.

Creo, es más,

que no procuro olvidarlo,

que llevó un récord de las batallas que ganaba,

y que solamente cuando lo mataron

en aquel lío de mujeres

ella puso sus ojos en otro,

y que casó con Dios, el impotente.


Niñez

Cuando fui una niña

salía a la calle

a soñar despierta,

jugaba a la rueda,

detestaba el parque,

me dormía sentada en la puerta.

Quería que el mundo

de verde, de tul,

de azul, de cerezas

tiñera, vistiera

su palidez muerta.

Me dolía que la gente

no quisiera

a los perros,

a los conejos,

a los gatos.

Los veía tiernos,

hambrientos,

juguetes humanos.

Y nadie quería

que los guardara en mi patio.

Ver lindas

alas de mariposas,

dejarlas volar,

dejarlas que jueguen

también con nosotras.

Coger florecillas

silvestres y raras.

¡Y pensar que ser niño

dura lo que una mañana!


Asimilo

Asimilo

el verbo conjugado

sin ser dicho.

No hace falta

trasplantarnos las uñas

de las manos

a la tierra,

para saber

que el marco de la puerta

forma un ángulo;

que los pies descalzos

andan sueltos;

ni que hace tiempo

mi espíritu se ha muerto

robando

granos de azúcar

a las moscas,

y ventilando situaciones

de cuidado.


Summertime in Princeton

Bienvenida la mañana

y la música casi vulgar de los pájaros

recién nacidos,

mientras el niño

bebe su jugo de frutas

sentado como un jefe indio frente a la TV.

El verano quiebra la paz de esta casa,

y andamos por ahí todo el tiempo,

empujando la puerta de tela metálica,

dando vueltas con la sangre ardiendo,

dispuestos a olvidar,

aunque luego no recordemos qué,

ni a quién, pues

el olvido llega de tarde en tarde

como el verano,

y llena de pulgas al perro

y de telarañas al árbol,

ese tilo que crece en el patio,

olvidado,

a la intemperie,

a ratos delirando,

deshojándose, crucificado,

y convertido luego en espantapájaros.

Hasta que una tarde cualquiera

lo arrancan de cuajo,

como el que arranca un ojo al enemigo,

ese vecino que no habla nuestra lengua.

Ten paciencia, me digo sin éxito,

es el verano:

abre las ventanas de esta casa,

y que la música de los pájaros recién nacidos

picotee en tu alma.


En el museo de la vida

¿Qué somos? ¿Dioses imperfectos

sometidos los unos a los otros? ¿Hombres ranas?

¿Muchedumbre? ¿Escoria?

¿Conquistadores gloriosos del presente?


Vivimos en el museo de la vida,

atravesamos salas y bastiones, mapas históricos

cagados por las auras. ¿Quién se atreve a minar

la tradición, viejo empeño de abuelas?


Pero yo no he vivido y esto huele a folklore.

Nada han visto mis ojos. Estas manos que acarician

los leones de piedra, rozan también la estatua de beduino

sin ser correspondidas.


¿No habrá sitio en el mundo

que no sea este viejo arsenal de chucherías,

este acabado caserón?


Escribiré

Escribiré

con letras grandes,

sin que la luz

que trae el día

me soborne.

Escribiré

en los pétalos

sensibles de las flores,

en la esperanza

latente de los hombres.

Con la musa

que encontré

en el pan de cada día,

con la aspereza

del que quiere escribir

y no tiene manos.

Escribiré…


Compro libros viejos: sillas, camas, bastidores...

Los compradores de muebles viejos

a menudo olvidan el amor,

sustraen una cama o una silla

aprovechando que sus dueños se han mudado

para siempre,

que embarcaron con la vejez y la tarde,

que no tuvieron tiempo de decidir la suerte

de los objetos

y a última hora hubo que deshabitar la casa,

abandonar la felicidad de antes

y partir sin despedirse de la cocinera.

Los compradores de muebles viejos

borran el polvo,

cualquier mancha de aceite sobre la superficie

y hasta inventan una historia feliz

para el nuevo dueño:

«Aquí se sentada el Rey Midas».

«En esta cama nació María Antonieta».

Pero las huellas del antiguo cuerpo

no desaparecen nunca,

ni la fatalidad, ni la soberbia

y el nuevo propietario comienza a pensar

que él es el otro,

que todo lo que toca se convierte en sal y agua,

que su mujer ha perdido la cabeza

y que ya no hay modo de no morir como los otros.


Las cenicientas

Somos las cenicientas.

El señor Botticelli pintó para nosotras

las tres hadas madrinas.

No somos inocentes.

El Príncipe nunca nos ha besado.

No hemos pisado su recámara,

ni lamido su vientre.

Vivimos en la cocina,

nuestra luna es el fuego.

Nuestros pies son enormes;

un largo baño no nos vendría mal.

Andamos con sayas rotas,

con las greñas al aire

y comemos pan duro.

No somos inocentes.

Por negritas, por feas y por putas

fuimos chifladas en el certamen de Miss Universo.

Pero gritamos (las deslenguadas)

¡merde! al culo del rey

y ¡merde! a sus ministros,

aunque ellos rabien con nuestra peste.


Maniquí

La envidio,

ella usa un vestido de dos piezas de Chanel,

una cartera de Gucci,

unos zapatos de Ferragamo.

La boca ríe con rojo de Estée Lauder

y Elizabeth Arden le delinea los ojos desafiantes.

De Ralph Lauren es el tatuaje de la piel,

y de Geoffrey Beene, las piernas.

Huela a Paloma Picasso, a agua de coco y a verbena,

no usa sostén,

pero el bikini es un diseño de Valentino.

Para el sol, cristales oscuros de la Loren.

Y a la hora de la verdad

nada como su Rolex con brillantes.

Ah, el alma le fue cortada y cosida en la casa Dior

sobre hermosos brocados persas.

Si no me quisiera tanto a mí misma

me gustaría ser ella,

la dama fea del perrito.


La patria de mi madre

Mi madre decía siempre

que la patria era cualquier sitio,

preferiblemente el sitio de la muerte.

Por eso compró la tierra más árida

y el paisaje más triste

y la yerba más seca,

y junto al árbol infeliz

comenzó a levantar su patria.

La construía a pedazos

(un día una pared, otro día el techo,

y, a ratos, huecos para dejar colar el aire).

Mi casa es mi patria -decía-

y yo la veía cerrar los ojos

como una muchacha llena de ilusión

mientras escogía, de nuevo, a tientas,

el sitio de la muerte.


Los fotogénicos

Por las esquinas amarillentas de la hoja de papel,

se les ve caminar, desaparecer al doblar la página.

Habitan una isla en el trópico de la guerra,

una isla donde todos los vasos están rotos,

una isla a caballo.

Entran en los suburbios de la tarde

y en los hoteles de paso,

navegan en una cama de velas blancas,

mientras él canta y ella es un ruido más,

una ola debajo de la cama.

Mejor callarse y dejarlos que duerman

y dejarlos que vivan

y dejarlos que mueran.

Al pie de las fotos unas cuantas líneas

atestiguan el hecho:

ninguno está seguro del otro,

pero navegan,

navegan con la isla por todos los mares del mundo.


¡Libertad... para pensar!

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Historia del barrio Mojica (Cali-Colombia)

Debate Physis vs Nómos

Myia de Crotona (siglo VI aC)