Nímesis
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| Imagen de PublicDomainPictures en Pixabay |
Camila no logra conciliar el sueño. La desvelan ruidos y seres extraños que se reproducen en lo profundo de sus miedos. A medida que el escozor va en aumento deambula por la estancia como alma en pena. Los fantasmas se mimetizan en formas conocidas.
Una tienda de campaña en un rincón.
Una hamaca colgando de la marquesina.
Un hombre armado en el perchero.
Un árbol en la puerta.
Una lechuza sobre lo alto del armario.
Una serpiente se arrastra cerca de la cama, y las baldosas sirven de lecho a la quebrada más próxima. Los sonidos de la noche se amplifican en la selva inmensa que la devora.
Huye aprisionada por tus grilletes. Atraviesa el pasillo nuboso en busca de mis brazos, de mi aliento, de las palabras mágicas que la devuelvan a esta ciudad amurallada donde torpemente vivimos.
Se acerca a mi habitación con pasos vacilantes. Me quedo quieta. No respiro. Espero el momento en que abra la puerta, diga la frase de siempre y se acurruque a mi lado como el gato.
Hoy no entra, se va familiarizando con las tinieblas. Sus pasos se alejan, descienden al primer piso. Ahí la pierdo. Sé que tardará algunas horas en volver al cuarto.
Despierto con la primera luz del alba. Dejo la cama sin hacer y la habitación en penumbra. Apenas tengo fuerzas para retirar mi cuerpo de entre las sábanas. Mi sombra fue vencida, se ha quedado a dormir otro rato.
Bajo intuyendo los escalones. Encuentro a Camila enrollada en la cocina, cerca del calor de la nevera. Intento andar despacio, pero sé que es inútil.
Los ruidos de la casa no le llegan a la selva inhóspita donde te acompaña. Al sentirme cerca intenta ponerse en pie. No tiene prisas.
Sabe que este día, aunque se empeñe en tener nombre propio, se ha repetido a sí mismo inalterable los últimos treinta y ocho meses.
Me mira taciturna todavía desde el piso. Sus ojos tardan en acostumbrarse a la luz. Su cara de plomo exhibe unas ojeras profundas reteñidas de angustias.
No había notado la extrema delgadez de su cuerpo. Los pómulos acentuados, el cabello hirsuto y un conato de barba que se anuncia rabioso. Su piel exhibe los estragos de la noche.
En este momento las picaduras de los mosquitos son unas protuberancias rojas que arden y supuran. Mañana serán otra huella de las interminables horas pasadas a la intemperie.
Igual la tos que se manifiesta al caer la tarde. Cuando la noche extiende su manto negro y el campamento duerme expectante, temeroso de una incursión enemiga, su cuerpo rompe el silencio cada tanto, con un sonido que nace en su vientre, recorre sus entrañas arrasándolo todo, para hacerse un silbido acompasado en la garganta.
Su mano derecha permanece inmóvil y adolorida contra el regazo. Un nuche, gusano de la mosca, se hospeda entre sus carnes. Alguien en el campamento ofreció brindarle ayuda para retirarlo. Aún espera.
Camila se ha vuelto distante, mustia, intocable. Me mira desde la soledad de su cautiverio con ojos vacíos.
Al rayar el día viaja kilómetros de vuelta a casa, desnuda de anhelos. En las noches sin luna engancha los sueños a las luciérnagas.
Los echa a volar en direcciones contrarias, no importa si se pierden. Liberarlos evita que la humedad de la selva los corrompa.
Sube las escaleras con torpeza. Vuelve al cuarto. Asumo que dormirá algunas horas; pero al cabo de unos minutos retorna.
Llega vestida para ir a la guerra, camuflada y con botas militares. Por tus cartas, dos en esta larga ausencia, sabemos que son las prendas que usas en las montañas.
Guardo silencio. Este homenaje en tu memoria, iniciado como una estrategia para ganarle al olvido, es una herida abierta, infectada por la nostalgia y la desesperanza.
Camila quiere conservarte vivo para las dos a través de su cuerpo. La veo transformarse ante mis ojos sin reconocerla. Se deshilvana mi alma contemplando sus gesto.
¿Cuándo volverás de la selva,
Armando? ¿Cuándo te liberarán tus captores?
¡Libertad para pensar!

Es impresionante lo bien que lo haces, y como describes el terror de la selva, de la falta de libertad del secuestro y esa forma de ir enajenándose. El mimetismo de Camila es impresionante; gran parte del texto he pensado que ya no estaba secuestrada, pero que seguía allí, en la selva. Sólo una duda: ¿cuál es el papel del narrador?
ResponderBorrarHola, Javi. El narrador es la madre de Camila, otra victima de ese delito atroz que es el secuestro. Gracias por tus palabras, espero que hayas disfrutado el texto. Saludos
BorrarExcelente relato muy bien contado con una minuciosidad descriptiva que parece el objetivo de una máquina. Duro y triste en cuanto al contenido.
ResponderBorrarUn beso
Hola, María. Valoro y aprecio tus palabras. Gracias por leer y comentar. Un fuerte abrazo, querida.
BorrarExcelente narración. Muy buena tu descripción, tanto que me he metido en la piel de su protagonista. Qué angustioso!!!
ResponderBorrarBesos.
Hola, Marybel. Es un honor tenerte de visita. Gracias, querida. Cuidate y vuelve pronto. Abrazos!!!
BorrarEstremecedor...Bravo María Eugenia.Saludos.
ResponderBorrarEric, tu siempre tan motivador y entrañable. Gracias por volver a este espacio. Es un placer tenerte por acá
BorrarCautivante, no podía dejar de leerlo !!!! Cariños
ResponderBorrarEspero que el relato tenga el mismo efecto en sus futuros lectores. Gracias por pasarte, Ana. Abrazos!!
BorrarAngustioso despertar.
ResponderBorrarSaludos ;)
Angustiosa vida, la de Camila y su familia. El secuestro tiene un poder desgarrador sobre quienes lo padecen en solitario o en conjunto. Gracias por la visita, Enrique. Saludos
BorrarGolpeador con una contundencia que no te permite permanecer indiferente. Se siente en la piel el espacio y el sentimiento que describís.
ResponderBorrarFelicitaciones y un saludo enorme.
Hola, Mirta. Bienvenida siempre a mi blog. Gracias por valorar el escrito. Saludos
BorrarGran clímax en tu obra, me atrapó el excelente ritmo narrativo y el mensaje profundo, un abrazo!!
ResponderBorrarAtrapar y llamar la atención era el objetivo de este relato. Me alegra que contigo lo haya cumplido, Graciela. Gracias por la visita
BorrarHola María Eugenia, excelente relato, que te invita a involucrarte y en el que se hace imposible permanecer ajeno al angustiante sentimiento.
ResponderBorrarAtrapante hasta el final! Un abrazo y toda mi admiración.
Hola, Sole. Gracias. Ya sabes lo que me gustan tus visitas. Espero todo vaya bien con tus cosas. Te dejo un fuerte abrazo
BorrarAtrapada con Camilia hasta el final! Sin palabras! Sólo una : Bravo!!!
ResponderBorrarHola, Rosa. Valoro tus palabras. me alegra que hayas disfrutado la lectura.
BorrarImpresionante
ResponderBorrarGracias por la visita, Cristina. Es un placer tenerte en esta casa
BorrarDesgarrador relato .Se lo vive...
ResponderBorrarDesgarrador relato .Se lo vive...
ResponderBorrarSiempre bienvenida a este blog, Any. Gracias por la visita.
BorrarExcelente por lo desgarrador, te metes... qué buen relato. Gracias.
ResponderBorrarGracias, Sandra. Es un placer tenerte por acá
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