Las fiestas de la vida

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Lago De Garda - Fotógrafo Paolo Cesare Butturini


A veces llego tarde a las fiestas
que la vida organiza en mi honor.
La última vez,
hizo un convite enorme en el patio de la casa paterna,
cerca del mar.

Invitó a quienes me importan, entre vivos y difuntos.
Los que me vieron nacer
y presenciaron mis sucesivas muertes,
mis cambios de piel.
Y quienes rompen los vínculos
que me unen sin pudor a lo indecible.

Vino la sombra espectral de mi madre,
se vistió de amarillo. 
Su enorme sonrisa, coronada por un incisivo de oro,
es una cálida bienvenida sin tiempo,
y el eco que amplifica mis pasos.

Mi padre desempolvo su mejor prenda,
una guayabera que conoció mejores días
por allá en los ochenta.
Las luces del patio la tiñeron
de los tonos aluviales del pueblo donde crecí.

Al festejo también llegaron la abuela y sus mejunjes,
por si algún asistente requería su auxilio de partera
y su sabiduría herbolaria.

Los amores que olvidé entre las páginas de un diario.
Los amigos de las rutas y los estacionarios,
en la fiesta son guirnaldas que representan silencios.

Acudieron mis hijas vestidas de blanco,
el color de las historias que aún duermen,
agazapadas, entre los pliegues de la infancia.

Mis hermanas y sobrinos deambularon
de aquí para allá organizando el festejo;
aguardaban por mí con temores y ansias.
Conocen mis vicios, mis ausencias.
Dejaron pistas desperdigadas
para que descubriera el camino de vuelta
a mis recuerdos felices,
al poder desgarrador de los abrazos,
a la calidez de los afectos
que no se miden con la vara del tiempo,
a lo que he sido y que a veces reniego.
Llegué tarde.
No pierdo la sana costumbre. 
Ignoro en que lugar del camino perdí el rastro.

¡Libertad... para pensar!


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