Lo que aprendí a los 40


Educación, Filosofía, Intereses sociales, Presiones sociales, Procesos de enseñanza-aprendizaje, Proyecto de vida, Museo del Oro
Jardín Museo del Oro, Colombia.



     Al término de este año recibiré mi cuarto título universitario, resta uno para cerrar el ciclo.  Quizás concluya con lo hecho hasta hoy porque, parafraseando a mi familia, no hago nada con tanto estudio.  El conocimiento adquirido no cumple una función práctica en mi vida (según ellos). La única forma de justificar los desvelos inútiles es ganar una plaza docente que mejore mis ingresos y mi estatus social.  Mis triunfos educativos apenas si aportan a la utilería de nuestra casa.   

    A nadie se le ha ocurrido pensar que estudio por el placer de leer, de entender y discutir una idea, una propuesta, una visión del mundo. No creo que todo aprendizaje deba ser retribuido con reconocimiento al esfuerzo o al mérito, o proporcionar lugares de privilegio negados a otros.  Estas prácticas valoran el resultado final, la apropiación que realiza el alumno de lo aprendido, y a veces olvidan que aprender es un proceso social que involucra múltiples factores.

  Nuestra disposición para aprender es uno de los aspecto más importante, porque garantiza que la acción de terceros surta efecto.  Sin embargo, esa disposición requiere que el aprendiz demuestre cierto interés por el mundo como espacio a descubrir.  Que lo contemple desnudo, en ciernes, intuya sus múltiples capas, sus laberintos e intrincadas relaciones, y se motive a rediseñarlo o hacerlo comprensible para sí.

     Esa educación desprovista de un interés netamente económico está en crisis.  Los nuevos objetivos parecen conducir a un fin específico: formar trabajadores, mano de obra, profesionales calificados.  Claramente, los títulos académicos van ligados al ejercicio de algún tipo de poder, que valida o desconoce saberes empíricos o ancestrales que no están mediados por las instituciones educativas. Nosotros, los educados por las escuelas y universidades, somos las voces autorizadas para transmitir las visiones normalizadas del mundo, que se cree responden a propósitos comunes; pero son la expresión de intereses particulares, articulados a una visión del mundo y de las cosas.  Una educación subordinada al trabajo se resiste a integrar concepciones de la experiencia ubicadas al margen de los valores dominantes.

     En estas cuatro décadas de vida, he aprendido que al abrir nuestros ojos a la realidad, percibimos que el mundo tiene la factura de un producto acabado, con un enorme punto final en su frontera (un mundo único y racional que excluye cualquier otro espacio de enunciación).  Lleva algún tiempo entender el juego al que nos invita, y muchos preferimos quedarnos en la aparente tranquilidad de los extramuros, en una trinchera que apenas ilumina nuestras certezas.

     He aprendido que debemos estar un poco atrofiados para atrevemos a pensar, desde la soledad del que no se siente cómodo en el traje que le diseñaron.  Porque la normalidad, entendida como aceptación del orden de las cosas, es un patrimonio del conformismo.  En la pubertad de nuestra humanidad, pensar es el primer paso que nos opone a un vientre social agonizante.  Armados de esa herramienta, realizamos la primera acción creadora que a todos se nos permite, convertimos nuestra experiencia vital en arcilla virgen, y no detenemos este ejercicio hasta hallar las respuestas que den sentido a nuestro tiempo.  Mi apuesta de hoy es por una educación que procure felicidad, cualquiera sea su tipo; que no se afane en llenar de contenidos y no se fortalezca en las prefiguraciones.  Que ante todo, nos asegure el mundo como una construcción colectiva, y nos motive a contribuir en su organización.   Que estimule la necesidad de aprender, que iguale, sintetice los conocimientos acumulados a lo largo de los siglos y ponga los conceptos en perspectiva.   Una educación que garantice la ¡Libertad... para pensar!


   

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