Estación derrota

Decepciones amorosas, Rupturas amorosas, Historia de mujeres, Tipos de fracaso, Horizonte Femenino
Catedral de Siena, Italia (Fotógrafo Paolo  C. Butturini)


Las rupturas amorosas asemejan paradas forzosas, en estaciones lejanas y desconocidas.
Al descender, buscamos con afán algo o alguien que justifique nuestra presencia.   La mirada vaga por rostros y figuras que se tornan grises o pierden su encanto demasiado pronto.

Acorralados por el orden de las cosas, nos evadimos a un momento anterior al caos y al dolor del presente.  Allá donde el lenguaje tiene sentido y podemos construir oraciones sin oscilar entre el pasado vivido con la pareja y el presente  sin ella.

Las rupturas también tienen la impronta de una noche pasada a la intemperie o una parada brusca en la autopista.  Pero mi sensación favorita es el vértigo que producen, similar a una caída al vacío, y La angustia por saber cuál es el punto final de la historia y que distancia debemos recoger hasta alcanzarlo. 

Con el quiebre de la continuidad,  nos sentimos incómodos en nuestro propio cuerpo.  Ignoramos como actuar o donde poner nuestra humanidad sin que pese tanto. También es difícil redescubrir la camuflada soledad y aprender a vivir con ella, después de sentirnos a salvo de la hecatombe.

Una relación, con independencia de quien sea tu pareja, de los desacuerdos y dramas cotidianos, es una espada que blandir frente a la hostilidad del mundo y el misterio del día a día. Sentimos la bendición de los dioses, pero sin duda, solo somos suicidas que afinan sin reserva el arma del harakiri .

¿Qué produce la infelicidad que sentimos después de la ruptura? La lista de respuestas es larga y variopinta.  En mi caso, no obstante, el problema principal radica en los otros, por aquello de que la relación nos justifica, en caso extremo, la existencia misma.  De ahí que las rupturas representen fracasos, en el proyecto de convertir nuestra vida en prototipo, en una idealidad. En el mayor triunfo frente al tiempo y sus determinaciones. 

Los otros nos causan infelicidad porque dependemos de su aprobación o su juicio.   Atribuidos demasiado valor al criterio con que juzguen nuestra ruptura.  Porque para el público que se considera autorizado a explicar la minuciosidad de nuestras cosas, un fracaso es síntoma de un mal funcionamiento.   Entonces, se consideran varios factores, nuestra belleza, nuestro carácter, nuestro estilo de vida, las técnicas amatorias que empleamos, nuestra capacidad de convencimiento, o el largo etcétera que mejor se acomode a la imagen que proyectamos.

La tarea que debemos emprender, ante una ruptura y otras pérdidas,  consiste en resistir la tentación de fustigarnos o culpar a la pareja por cada situación que resulte incomprensible, o un desencadenante del rompimiento.  Nunca terminamos por aceptar que todo lo vivo se revoluciona, siempre es otra cosa, que nosotros, desde la persistencia de la continuidad, o por convenciones sociales, no detallamos.

Una ruptura es la oportunidad de reordenar nuestro mundo, ampliar nuestras perspectivas de vida; dar otro valor a las experiencias.  O simplemente es la mejor herramienta para vernos a nosotros mismos desde otra óptica.  El túnel que debemos recorrer desde el desengaño hasta la liberación de nuestro espíritu es largo y está plagado de monstruos y fantasmas.  El miedo a vivir bajo los principios del destino nos causa dolor y desesperanza.  Cada tropiezo reporta un cúmulo de aprendizajes invaluables, herramientas imprescindibles para el futuro; pero estamos acostumbrados a cuestionar lo inevitable.

¿Hay algo más seguro que la infelicidad?
Nos esmeramos en dar la razón a nuestros miedos y confiados en su poder, convertimos este viaje en una estancia continua en la estación derrota. 


¡Libertad... para pensar!


Comentarios