La soledad de mis elecciones


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Karim Khan Castle, Shiraz, Irán (Fotógrafo Paolo Cesare Butturini)


El zorro conoce mejor que yo la lección del destino.  Dijo aquella vez al Principito, al referirse al acto de domesticar: "No soy para ti más que un zorro parecido a otros cien mil zorros.  Pero, si me domesticas, tendremos necesidad uno del otro.  Tú serás para mi único en el mundo.  Yo seré para ti único en el mundo."

La historia del zorro y el Principito invita a reflexionar sobre las cosas que elegimos.   Las personas con quienes coincidimos y cuyas vidas discurren paralelas a la nuestra.  Cómo se conectan nuestras circunstancias, hasta parecer un mapa o una historia, es algo que resulta inalcanzable para nuestros pobres sentidos;  no obstante, me empecino en prolongar los rayos de luz que agrietan la oscuridad y otear las sombras.

Todos los días que preceden a esta hora, he salido a defender mi soberanía, la emocional, que se pierde cuando el alma se negocia.  Cuando el mercado de afectos toca tu puerta y vendes lo que tienes, el último fortín de la mirada.

Según mis años,  incalculable es el monto de mis recuerdos.  La sabia vida, por supuesto, cuenta pocos; los justos, que pasan la prueba del tiempo y no degradan la nostalgia.  Mi filtro es menos exigente, consiste en tender puentes que conecten mi mañana con este hoy metamorfósico.  Tras el ejercicio se salva la cordura, los frágiles momentos en que vislumbre la inmensidad; el conjunto de esta entidad que nombro María.  Queda en el cedazo lo corruptible, aquello que pierde rigor a una edad en que soy proclive a negociar los recuerdos por presagios.

Elegimos  ¿somos los únicos responsables por ello? vínculos que al cabo del tiempo pesan piedras.  Que asumen la forma de un ancla, empeñados en quebrar nuestro espíritu y descentrarnos.  Vale creer que nuestro temple debe superar cualquier barrera y que lo sano es seguir una línea argumentativa que nos proteja de la infamia, la maledicencia y el odio de los otros.  Reconozco y vivencio mi fragilidad y sé que cualquier pretexto que desdiga de ella es más un disfraz que una certeza.

Estoy convencida de que el único escudo contra las relaciones enfermizas, o los contactos desafortunados, es la madurez del espíritu.  Ahora curso el primer grado, restan décadas o vidas  para cambiar de nivel.  El aprendizaje es arduo y básicamente consiste, si se me permite, en darle la vuelta al propósito del zorro.

Domesticar admite graduar los afectos.  La necesidad está dada por la naturaleza y por nuestras relaciones sociales.  Somos con otros.  Lo importante acá es no perder el sentido de la unicidad.  La afirmación "Tu serás para mí único en el mundo.  Yo seré para ti único en el mundo" refiere un principio de reconocimiento mutuo, anclado en el valor que cada cual otorga a su propia persona.  En nuestras relaciones, sin embargo, domesticar connota abandonarnos al otro, dejarnos amoldar por él.  Olvidarnos de ser quienes somos o intuimos.  Con los años descubrimos que poco sabemos de nosotros mismos; quizás aborrecemos la debilidad con que enfrentamos la vida los años previos.  Y nos preguntamos a donde debemos ir a recuperar una imagen propia que nos entusiasme.  

Elegí, de esto soy completamente responsable, dejarme maravillar por la experiencia de ser yo, un ser inaprensible.  La soledad de mis elecciones, a que alude el título de esta entrada, quiere expresar que vale la pena cerrar la puerta e invernar en el cubil, si el vaivén de los días y de los contactos, obligados o no, arriesgan nuestro percepción de ser únicos, distintos, excepcionales.  Pobres de espíritu, si, pero envías de convertirnos en la mejor obra de nuestro anhelo.  Frente a la imposibilidad ontológica de conocer al otro, he ido tras la caza de mi conciencia.

Bienvenido el artista que se sume a esta tarea, que comparta el propósito y lo entienda.  Que aporte calidad a las vivencias.  No hay nada que temer, dar la espalda al mundo y al cúmulo de problemas que se inventan para contaminar la mente, puede considerarse una forma de tolerancia, indiferencia o pesimismo.  Opto por creer que debemos alejar de nuestras vidas todo aquello que no genere alguna forma de felicidad. 

¡Libertad... para pensar!


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