Deconstruir el género
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| Imagen de Alexandr Ivanov en Pixabay |
Nancy Fraser identifica en las sociedades actuales dos tipos de injusticias, las injusticias político-económicas y las injusticias culturales o simbólicas; las reivindicaciones que buscan remediarlas corresponden a perspectivas filosóficas diferentes. Las luchas por la igualdad económica fueron reformuladas por teóricos liberales y comunitaristas en las décadas de los años setentas y ochentas del siglo XX. John Ralws y Ronald Dworkin se ocuparon de establecer cuáles serían las condiciones ideales de la justicia mediante la distribución de bienes, oportunidades, derechos y deberes.
La tradición del reconocimiento ha renacido de la mano de filósofos neo hegelianos; en esta línea sobresalen las teorías de Charles Taylor y Axel Honneth. El primero plantea que el reconocimiento es parte constitutiva de la identidad de una persona, de ahí que el mal reconocimiento produzca la doble negación de un sujeto, transformándolo en un desconocido para sí mismo y para los otros. El segundo propone conceptualizar el reconocimiento como un daño moral a la identidad y la forma más adecuada de interpretar los problemas de justicia contemporáneos.
La distinción conceptual entre ambos paradigmas de la justicia ha permeado los debates filosóficos, hasta el punto de subsumir una tendencia en la otra. La propuesta de Fraser, por el contrario, se fundamenta en ideales socialistas y teórico críticos; al decir de la autora, las teorías de la justicia deben ofrecer una respuesta efectiva contra el crecimiento de las desigualdades y la dominación cultural. No se trata sólo de resolver las injusticias económicas mediante la redistribución de recursos y las culturales a través del reconocimiento de las identidades menospreciadas, se deben integrar ambas cuestiones en un nuevo proyecto emancipador.
Para comprender la relación que existe entre las políticas de clase e identidad, Fraser examina cuatro ejes o grupos sociales que históricamente han sido objetos de injusticias: la clase, la raza, el género y la sexualidad. En sus primeras obras identifica lo que considera son “casos puros”, las colectividades definidas según la clase demandan de preferencia soluciones redistributivas; mientras que los grupos definidos por la sexualidad precisan reparaciones en la línea del reconocimiento. Con la raza y el género ocurre una situación adicional, requieren reparaciones en doble vía, son las llamadas categorías bivalentes. En escritos más recientes amplía el espectro de su interpretación y señala que todos los grupos son bivalentes en mayor o menor medida; es decir, para propiciar un debate político amplio y diverso se requiere modificar a la par las estructuras económico-políticas y las culturales.
Esta propuesta de justicia, sin embargo, tiene otro componente; Fraser también apela a la redistribución y el reconocimiento para señalar la necesidad de deconstruir o reafirmar las características sociales de un grupo dado. Remediar las injusticias de las colectividades definidas principalmente por relaciones de producción, exige deconstruir la categoría o grupo; a su vez, solucionar las injusticias derivadas del irrespeto cultural demanda su reafirmación. Al abordar las categorías bivalentes Fraser se pregunta ¿cómo pueden conciliarse tendencias que son contrarias?
Si consideramos el problema del género, pese a que se trata de una categoría bivalente en sentido estricto, la propuesta deconstructiva que presenta la autora parece resolverse, en primer lugar, mediante reformas económicas. La igualdad efectiva de las mujeres exige eliminar la distinción entre el trabajo remunerado y el no remunerado. Fraser argumentará, sin embargo, que ningún paradigma de la justicia puede subsumirse adecuadamente en el otro, ambos son co-originales, ambos tienen igual preeminencia; cualquier intento de establecer lo contrario es reduccionismo cultural o económico.
La bivalencia del género es una propuesta novedosa porque aborda dos aspectos centrales a la economía capitalista: el trabajo y las representaciones culturales. La cuestión a dilucidar es endémica al feminismo ¿cuál es la base de la subordinación de la mujer? si esta debe ubicarse en la formación del patriarcado o si la economía del capital demandó en sus inicios la clasificación de los sujetos según sus capacidades o el nivel de participación en el desarrollo del mercado.
Aclarar esta incógnita nos pone frente a una nueva cuestión, la temporalidad que atribuye Fraser a las demandas femeninas. Aceptar que el reconocimiento es una cuestión contemporánea implica, de algún modo, suponer que las mujeres se identificaban con los reclamos de clase del socialismo, que sus reivindicaciones históricas eran un problema de clase; presunción que desconocería el carácter dinámico y multicausal de los procesos sociales.
La respuesta al problema de la co-dependencia de los paradigmas se presenta bajo la forma de “paridad participativa”, principio normativo con el que Fraser demuestra que las dos dimensiones de la justicia son mutuamente dependientes. Este criterio, sin embargo, podría no ser viable con la deconstrucción; mientras la paridad se hace posible a través de los grupos, la segunda no define las diferencias que deben o no conservarse. La deconstrucción es una estrategia de tipo transformativo, le apuesta a desestructurar los patrones culturales que propician relaciones inequitativas en el orden económico y social; la reafirmación, por su parte, corrige las inequidades pero deja intacto el marco general que las sustenta.

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