Tres poemas de Emily Dickinson (1830 - 1886)

 

Emily Dickinson, poeta norteamericana


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Si no estuviera viva

cuando los Petirrojos vengan,

a ese de Corbata Carmesí

dale una miga en mi Memoria.

Y si no te pudiera dar las gracias

por estar muy dormida,

has de saber que lo estaré intentando

con labios de Granito.


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Hay una cierta Luz Sesgada,

en las tardes de Invierno —

que oprime, igual que el Peso

de la Música en una Catedral —

Una Herida Celeste nos inflige —

y no encontramos cicatriz,

sino un cambio por dentro,

en el lugar de los Significados —

Nada puede explicárnosla — ni Nadie —

es el Sello de la Desesperanza —

el dolor imperial

que nos viene del Aire —

Cuando llega, el Paisaje presta oído —

y las Sombras — contienen el aliento —

Al irse, se parece a la Distancia

con que mira la Muerte —


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Después de un gran dolor, la sensación de orden —

Los Nervios toman sus asientos, ceremoniosos como Tumbas —

El Corazón pregunta, agarrotado,

si lo soportó Ayer, o hace ya Siglos —

Los Pies, como de autómata, dan vueltas —

en la Tierra, o el Aire, o el Vacío —

Sendero de Madera

que creció en el descuido,

alivio hecho de Cuarzo, como piedra —

Es la Hora de Plomo —

recordada tan sólo si se la sobrevive,

como los Congelados rememoran la Nieve —

el Frío — el Estupor — y luego el abandono —


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