Rosa Chacel (1898-1994)

escritoras españolas, Mujeres escritoras de los siglos XIX-XX, Derechos reservados, Rosa Chacel,
Rosa Chacel, escritora española


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Antinoo

Tu nariz pensativa sostiene la balanza de tus hombros,

tan breve el balanceo quedaron en el fiel diestra y siniestra.

Dentro está el péndulo

dispuesto a señalar con su parada el perfecto equilibrio,

dispuesto a detenerse en el instante

en que comienza lo que no termina.


Tu nariz pensativa, meditativa y contempladora

de ti mismo,

de su último aliento se despide.

¡En él tu juventud, épico aroma!

 

En el infierno había un violoncello...

                                                                          A Musia Sackhaina


En el infierno había un violoncello

entre el café y el humo de pitillos

y cien aulas con libros amarillos

y nieve y sangre y barro por el suelo.


Pero tú, resguardada por el velo

de tus cristales de lucientes brillos,

pasabas, seria y pura, en los sencillos

compases de tu fe y de tu consuelo.


Algunas veces fuimos, de la mano,

por las venas del bosque y la corneja

cantó melancolía en nuestras almas,


si nos separa el Abrego inhumano,

no llores mi amistad hoy que se aleja,

entrega al viento el talle de tus palmas.


En un corsé de cálidas entrañas (A la Orilla de un pozo)


A Paz González


En un corsé de cálidas entrañas

duerme una estrella, pasionaria o rosa,

y allí la casta Ester, la misteriosa

Cleopatra y otras cien reinas extrañas

con fieros gestos e indecibles mañas

anidan entre hiedra rumorosa.

Allí hierve el rubí que no reposa,

pulsan sus arpas mélicas arañas.

Allí en el cáliz de la noche umbría

sus perlas vierte el ruiseñor oscuro.

Allí sestea el fiel león del día.

En su escondido sésamo seguro

custodia el grifo de la fantasía

de hirviente manantial el fuego puro.


Tú, de las grietas duea y moradora (A la Orilla de un pozo)

                                                                        A Concha Albornoz


Tú, de las grietas dueña y moradora,

émula de la víbora argentina.

Tú, que el imperio esquivas de la endrina

y huyes del orto en la bisiesta hora.


Tú, que, cual la dorada tejedora

que en oscuro rincón torva rechina,

la vid no nutres, que al crisol declina

y sí, su sangre exprimes, sorbedora.


Vas, sin mancharte, entre la turba impura

hacia el lugar donde con noble traza,

la paloma amamanta a sus hijuelos.


Yo, en tanto, mientras la sangrienta, oscura

trepadora mis muros amenaza,

piso el fantasma que arde en mis desvelos.


Cuando la mar esté bajo tu almohada (A la Orilla de un pozo)

A Rafael Alberti


Cuando la mar esté bajo tu almohada

¡Alegría de turbas infantiles!

¡Triunfo de los egregios, varoniles

pámpanos que estremece la alborada!

Frutos dará la náyade dorada

que llamea en los ínclitos candiles

y en sus perlas de amor claros abriles

hervirán al compás de tu mirada.

¡Qué ventura te aguarda en el impacto

si alcanzar logras la divina orquesta!

Tu frente surtirá con el contacto

de la escondida nuez templada y presta

que a trompa airada vibrará en el acto.

¡La vida es gracia y el reír no cuesta!


En el infierno había un violoncello (A la Orilla de un pozo)

                                                                          A Musia Sackhaina

En el infierno había un violoncello

entre el café y el humo de pitillos

y cien aulas con libros amarillos

y nieve y sangre y barro por el suelo.


Pero tú, resguardada por el velo

de tus cristales de lucientes brillos,

pasabas, seria y pura, en los sencillos

compases de tu fe y de tu consuelo.


Algunas veces fuimos, de la mano,

por las venas del bosque y la corneja

cantó melancolía en nuestras almas,


si nos separa el Ábrego inhumano,

no llores mi amistad hoy que se aleja,

entrega al viento el talle de tus palmas.


Narciso

¿Dónde habitas, amor, en qué profundo

seno existes del agua o de mi alma?

Lejos, en tu sin fondo abismo verde,

a mi llamada pronto e infalible.


Nuestras frentes unánimes separa

frío, cruel cristal inexorable.


Zarzas de tus cabellos y los míos

tienden, en vano, a unir lindes fronteras.


Sobre el mío y tu cuello mantenido

un templo de distancia en dos columnas

silencio eterno guarda entre sus muros;

nuestro mutuo secreto, nuestro diálogo.


Silencio en que te adoro, en que te encierras,

recinto de silencio inaccesibles

y lugar a la vez de nuestras citas.


¡Siglos espero frente a la cruenta

muralla dura que lamento inerme!


Eternidades entre nuestras bocas

a cien brisas y a cien vuelos de pájaros.


¿Para qué pies que hollaban la pradera

jóvenes, blancos corzos corredores

si no me llevan hacia ti ni un punto?


¿Para qué brazos tallos de mis manos

si jamás alcanzarán a estrecharte?


¡Límpida, clara linfa temblorosa

jamás en nuestro abrazo aprisionada!


¿Para qué vida, en fin, si vida acaba

en el umbral de la mansión oscura

donde moras sin hálito, en el vidrio

que con mi aliento ni a empañar alcanzo?


¡Oh, sueño sin ensueño, muerte quieta

lecho para mi anhelo, eterno insomne!


¡Único al fin reposo de mis ojos

tu infinito vacío negro espejo!

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