Susana March (1918-1990)

escritoras españolas, Susana March, Derechos reservados, Mujeres escritoras del siglo XX,
Susana March, escritora española
 

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Amor

Me dolerás todavía muchas veces.

Iré apartando sueños

y tú estarás al fondo de todos mis paisajes.

Tú con tu misterio

y tu extraña victoria.

Amor, ¿quién te ha dado esa fuerza de pájaro,

esa libre arrogancia

de mirar las estrellas por encima del hombro?

¿Quién eres que destruyes

mi corazón y puedo, sin embargo, existir?

¿Se vive en la muerte? Se vive

con el alma en desorden y la carne

desmoronándose en el vacío?

Nunca te tuve miedo

y, sin embargo, ahora te rehuyo

porque eres como un dios que me hace daño

cada vez que me mira.

Abandonaré todo lo que me estorba,

todo lo que dificulta la huida

y escaparé por la noche adelante,

temerosa de ti, temerosa

de esta grandeza que intuyo,

de este fulgor, de este cielo

que palpita en tus manos abiertas.

Me dolerás todavía muchas veces

y cada vez me extasiaré en mi daño.


A un hombre

Salvar este gran abismo del sexo

y luego, todo será sencillo.

Yo podré decirte que soy feliz

o desdichada,

que amo todavía

irrealizables cosas.

Tú me dirás tus secretos de hombre,

tu orfandad ante la vida,

tu miserable grandeza.

Seremos dos hermanos,

dos amigos, dos almas

que alientan por una misma causa.

Hace tiempo que dejé la coquetería

olvidada en el rincón oscuro

y polvoriento

de mi primera, balbuciente feminidad.

¡Ahora sólo quiero que me des la mano

con la fraternal melancolía

de todos los seres que padecen el mismo destino!

No afiles, porque soy mujer,

tu desdén o tu galantería,

no me des la limosna

de tu caballerosidad insalvable y amarga.


El hijo 

¿Quién eras antes, dime?

¿Un ángel? ¿Un príncipe de cuento?

¿Tal vez un dios? ¿O un pájaro?

¿O un álamo esbelto?

¿Quién eras? ¿Un claro arroyo

cruzando un verde bosque de abetos?

¿El capullo de un jardín?¿ Un pedazo

de viento?

¿Quién eras antes, dime? ¿Por qué

diste a mi vida tanto deslumbramiento?

Me basta con tocarte

para que se me apacigüe el pensamiento.

Y me basta con verte

para sentirme a gusto con mi cuerpo.

¿Quién eras, dime?¡Oh mago

de mi ser descontento!

Con tu varita mágica

me vas cambiando los sueños,

me vas cambiando la vida…

¡Ya no me quejo!


Diciembre

Si un día rompo a cantar,

todo cantará conmigo.

       

Esta mudez de los campos

se rasgará con mi grito.


Las nubes vagan sin prisa

desnudándome el camino.

       

¡Qué desolado horizonte

en este mes de los fríos!


Hay un revuelo de escarcha

sobre los jóvenes pinos.

       

Diciembre levanta un cáliz

de pájaros en exilio.


Yo dormida, voy soñando

dulces lares encendidos...


Si mi amor es tan cauto...

Si mi amor es tan cauto que, a buscarte,      prefiere

aguardar en la sombra tu primera llamada,

si mi tímido anhelo sabe apenas decirte

con torpe lengua el verso que me dicta la sangre.

    

Si no sé darle nombre a esta hoguera en      que vivo,

ni logro desprenderme de mis cansados credos,

y ahuyento entristecida los rápidos corceles

que habrían de llevarme a tu sueño, a tus labios...


Si soy así, tan pobre, con mi cuerpo      encendido,

encarcelado al vago fantasma de mi miedo,

el alma hecha jirones, batiendo sobre ella,

los pecados del mundo, tercamente, uno a uno...


Ven tú que desafías leyes, prejuicios,      miedos;

tú, que llevas la vida sobre los hombros, ancha,

tú que arrasas montañas, que desnucas el mundo

con tu fuerza de macho sin fronteras ni angustias.

      

Lo mismo que las otras, yo te estoy      esperando.

Sellada está mi boca; sellada mi ternura.

-¡Oh Dios, cómo rebosa este fuego, esta llama!-

Rompe tú todo sello, desgarra, libra, entra.


La tristeza 

No es el dolor de los amores incumplidos

ni los ideales deshechos.

No es tan siquiera la melancolía

de envejecer.

Es algo más tremendo y más grande,

algo que crece dentro de mÍ,

tal vez en el tuétano de los huesos

y que, acaso, se llame vida.

Porque vivir es triste:

vivir es una daga que se lleva clavada en la sangre.

Me duele abrir los ojos todas las mañanas

y encararme con las cosas que conozco y no entiendo.


Me duele dormirme todas las noches

y no haberme respondido a nada.

¡Porque nada tiene respuesta!

He dado un hijo al mundo

y este hijo me pesa en la conciencia,

porque lo he creado para la muerte y el dolor.

Sus jóvenes miembros perecerán un día,

se secará su risa

como las viejas fuentes de la montaña.

¡Un cuerpo tan hermoso, un corazón tan puro!


No puedo sentir conformidad

Hay en mi corazón un rebelde brote que me aflige.

¡Llámense dichosos ellos! Yo no.

Cuando hundo el rostro entre las manos,

no lloro por un dolor concreto.

La voz humana no podrá consolarme jamás

porque ignora la palabra justa.

Tal vez Dios la pronunciará algún día. Dirá:

«Levántate».

Y yo ascenderé hasta el límite del hombre,

más allá de sus pasiones sencillas y bárbaras.

Ascenderé hasta el ángel y la estrella,

hasta la celeste sandalia del Creador.

Y sentiré en mi pecho la resurrección

de los antiguos privilegios humanos;

el privilegio de la ternura y de la paz,

de la piedad y de la alegría.

Porque yo sólo he contemplado en torno mío

odios y guerras fratricidas,

hipócritas mendigos que cubren sus harapos

con regios mantos de virtud,

niños hambrientos y descalzos,

prostitutas;

hombres enriquecidos en criminal comercio,

¡miseria en todas partes!

siglo amargo mi siglo para gozar del mundo,

amar la primavera,

vestir los blancos ropajes de la felicidad.

¡Un luto eterno bajo la piel!

Un luto eterno

para los que murieron torturados

en las guerras,

para los que perdieron sus hijos y su hogar,

para los desterrados y los tristes

que todavía no han hallado el camino del regreso.


Tierra

No importa. No eres tú quien me daña…

Soy un puñado de tierra que pisa tu pie ligero,

algo que te sustenta y que apenas conoces,

algo que acaso nunca comprenderás del todo.


No importa. ¡No eres tú quien me daña!

Me hicieron campo de lucha para tu sangre joven

campo para morir y para erguirte

como un árbol gozoso de ti mismo.


Por todos mis caminos me recorres

hiriéndome, sangrándome…

¡No importa!

Me alimento en el daño que me haces,

¡me alimento en el daño!

 

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