Bertilda Samper Acosta (1856-1910)

Bertilda Samper Acosta, Dominio público, Escritoras colombianas, Mujeres escritoras de los siglos XIX-XX,
Bertilda Samper Acosta (Madre María Ignacia), escritora colombiana

Más información sobre la autora


Una tarde en el campo

Por la orilla del riachuelo

que gira por la arboleda

hay una angosta vereda

que ignoro hasta dónde va;

por esta senda escondida

lentamente caminamos,

y al monte nos internamos

que la luz invade ya.


bajo la bóveda oscura

de ramas entretejidas,

por yedra y lamas unidas,

del sol se filtra el ardor;

ilumina la vereda,

y poco a poco se baña

la primorosa montaña

con un dorado fulgor.


La brisa gime en la hojas

con delicioso ruido,

entona el ave en su nido

su melodiosa canción;

se ven mariposas bellas

de mil brillantes colores,

y zumban entre las flores

la abeja y el moscardón.


Pisando seca hojarasca

que cruje sobre la grama,

aquí apartando una rama,

allí cogiendo una flor;

oyendo las claras fuentes

a lo lejos murmurando,

por la selva voy andando

sin fatiga ni calor.


De los árboles se apartan

veo ese valle precioso,

verde, fresco y oloroso

como un inmenso jardín;

los cerross y ásperas lomas,

las quebradas cristalinas,

las pintorescas colinas

y el horizonte al confín.


Y todo eso está adornado

de las más hermosas flores,

cuyos variados colores

se ven brillar con el sol;

convólculos en la sombra,

malvarrosas en los llanos,

en los trigales, acianos

y en los prados, ababol.


Medio oculta entre el follaje

y el verdor de la montaña

surge la humilde cabaña

de algún pobre labrador.

Abajo, entre el verde cinto

que va orlando su corriente,

el río corre mugiente

con ruido atronador.


Arriba gira el camino

con sus sesgos caprichosos,

y altos árboles umbrosos

embellecen el lugar.

En la límpida corriente

del cristalino riachuelo

los arreboles del cielo

se empiezan a reflejar.


Dulce es verse circundada

de flores, grama y follaje...

Dulce es mirar el paisaje

tan nuevo y fascinador!

¡Sentir la brisa del campo

que nos halaga la frente,

y escuchar sabrosamente

de las aguas el rumor!


Se oculta el sol lentamente,

como al través de un encaje,

y el pintoresco paisaje

la sombra empieza a borrar.

De la grama perfumada

con pesar nos levantamos,

y a la heredad regresamos

a la luz crepuscular.


Á Jesús crucificado

“ VOLANDO se van los días,

“ Los meses se vuelven años,

“ Y aumentan los desengaños

“ Y llega una triste edad.

“ Entre luchas y combates

“ Desesperándose el alma,

“ No encuentra quietud ni calma…

“ No hay aquí felicidad!’’


Estas frases se repiten

Con tedio grande y profundo,

Porque la dicha del mundo

No puede al hombre bastar.

Y así gimiendo cobarde

Los ojos fija en el suelo,

Cuando pudiera en el cielo

La paz eterna encontrar.


Oh ciegos! .. van en tinieblas

Y descontentos suspiran,

Al mismo tiempo que giran

De los placeres en pos.

La tempestad de la vida

En su redor ha tronado...

No ven el puerto anhelado!

No piensan nunca en su Dios!


Ay! quién hallará difícil,

A quién será trabajoso,

Con corazon fervoroso

Amarte, Fuente de Luz!

Quién puede nunca quejarse

Ni hallar la vida penosa

Ante la imagen gloriosa

Del Salvador en la Cruz!


Delante del sacro Mártir,

Del inefable Modelo,

¿Qué pena habrá sin consuelo?

¿Qué cruz sin aceptacion?

Ay! Él en tales tormentos,

Sobre un madero afrentoso,

Dió al mundo ejemplo grandioso

De paz y resignacion!


En tu presencia postrada

Humildemente, de hinojos,

Ves ¡oh mi Dios! en mis ojos

Las lágrimas del dolor…

Que al recordar los pecados

Con que tánto te he ofendido,

Mi corazon se ha partido

De pesadumbre y horror!


Oh Cristo! Dios humanado!

Mi Redentor y mi todo!

Te mostraré de algun modo

Mi pena, mi contricion!...

Por esos piés traspasados,

Por esas manos divinas,

Por tu corona de espinas,

Señor, te pido perdon!


Por esa sangre adorable,

Por ese rostro sagrado,

Por ese cuerpo llagado

Que redimió al pecador!

Por esa boca fecunda

De la cual nunca salieron

Sino palabras que fueron

De mansedumbre y amor;


Por ese dia que al hombre

Cambió por siempre su suerte,

Por tu Pasion y tu Muerte,

Perdon, mi dulce Jesus!

No más recuerdes mis faltas!

Que de ahora en adelante

Quiero hasta mi último instante

Estar al pié de tu Cruz!


Fuente: Samper Acosta, Bertilda. (1878). “Á jesus crucificado”. La Mujer, I, N°1, p. 15.

Berenice Seudónimo de Bertilda Samper Acosta


“Deo Gratias”

Dedicado á mi querida amiga, la señora María Torres de Toro.

I


DE los montes despréndense las nieblas,

Brilla el sol esplendente en la mañana,

Y vistosa y alegre se engalana

Con frescas tintas de aromosa flor;

A la vista se ostentan las campiñas

Coronadas de perlas del rocío,

El aura sopla en el ambiente frio,

Se alza doquiera perfumado olor.


Muge á lo lejos el ganado hermoso,

La oveja eleva plañidor balido,

Cantan las aves en su agreste nido:

Todo despierta en el campestre hogar.

Y yo tambien al contemplar aquestas

Dulces escenas de apacible vida,

Como el ave entre ramas escondida

Feliz quisiera mi emocion cantar!


II


Ya se siente el calor del medio dia…..

Ven, dejemos la aguja y la lectura,

Y acariciadas por la brisa pura

Vámonos á la sombra á descansar;

Que en esta dulce soledad oiremos

Cada leve susurro del follaje,

Entretanto que todo en el paisaje

Adormecido nos parece estar.


Precioso valle que á mis plantas miro

Circundado de fértiles montañas!

Verdes praderas, amarillas cañas

Del murmurante, cimbrador maizal;

Arboles altos que á la hacienda guardan

Bajo la sombra del ramaje oscuro,

Mugiente rio, cristalino y puro,

Ostentando doquiera su raudal!...

Lomas regadas de menudas flores

Y ceñidas de musgos y de helecho

Claros arroyos en su agreste lecho,

Murmurando su líquida cancion!

Dorados campos, donde brilla el trigo,

Donde se extiende la odorante grama,

Pardo verdor y trepadora lama

Que labores dibuja en el peñon!...


Rústicas chozas! jardincillos llenos

De raque, fucias y ababoles rojos…

Oh! ya no puedo desprender mis ojos

De aquesta escena y sus encantos mil!

Por donde viene á retozar el viento,

Nuevos aromas en el aire siento,

Más bellezas admiro en el pensil!


No hay una nube en el color hermoso

Que cubre todo el apacible cielo,

De cuyo amado y extendido velo

Miro flotar el luminoso azul.

No hay una sombra en el ropaje verde

Que cubre el lomo de los altos montes;

Despejados están los horizontes

Entre su leve y vaporoso tul.


III


Se acerca el sol á su confin postrero

Entre gasas de púrpura y de rosa,

Bañando toda la campiña hermosa

Con las tintas de mágico pincel;

Vese inflamar el firmamento todo

Por el fulgor de su ardorosa llama,

Como ese fuego que al cristiano inflama

Cuando ama á Dios y se conserva fiel!


Al fin las crestas y altaneros cerros

Quedan sumidos en profunda sombra,

Y de los prados la variada alfombra

Pierde su bello natural color.

Abandona el labriego la herramienta,

Enmudece del ave el dulce canto,

Y la plegaria vespertina en tanto

Lentamente se eleva hácia el Señor!


Oh! yo te amo, Señor! y te bendigo

Por tantos donde y gentil belleza!

Y admirando en tus obras tu grandeza,

Me parece doquiera estar contigo!


Berenice, enero de 1879 

Fuente: Berenice [Samper Acosta, Bertilda]. (1878). “Deo Gratias. Dedicado á mi querida amiga, la señora María Tórres de Toro”. La Mujer, I, N°11, pp 257-258.


Una noche de luna

Envuelta toda en nacarada nube,

Como una vírgen en su casto velo,

Por el espacio se desliza y sube

La blanca nube, iluminando al cielo.


De azuloso vapor y gasas bellas

Ya se empieza á cubrir el firmamento,

Y derraman su lumbre las estrellas

Sobre los montes, donde gime el viento.


Oh! cuán hermosos estarán los valles,

De esta luna á la luz brillante y pura,

Si aquí no más en las sombrías calles

Cada piedra cual ópalo fulgura!


Y, cambiando el aspecto de las cosas

Bajo el influjo de su lumbre grata,

De mármol son las desiguales losas,

Y son las fuentes derretida plata.


Oh luna sin igual!... Me recordaron

Tus albos rayos y esplendor incierto

La que Agustin y Mónica miraron,

De Ostia la bella en el tranquilo puerto;


Cuando de Dios y de Su amor hablaban

Llenos de fe, de caridad, á solas

En gótico balcon, y contemplaban

La ténue luz sobre las mansas olas!...


Te veo en el espacio suspendida

A los piés del Eterno, y te contemplo

Cual la lámpara fiel y bendecida

Que brilla ante Él en el sagrado templo.


Oh! quién su vista apartará del suelo,

Y al verte encuentre deliciosa calma,

Que no se acuerde del Señor del cielo

Para entregarle el corazon y el alma!


Quién, al mirar tu límpida hermosura

No siente el fuego de Su amor profundo!

Y andando así, bajo tu lumbre pura,

La voz falaz escuchará del mundo!


Quién? … pero no, que la palabra humana

Por impotencia y confusion espira…

Ay! que es empresa demasiado vana

Cantar á Dios con la terrena lira!


Calla mi voz… Arrullador el viento

Sopla á traves de la ciudad andina,

Y el estrellado y puro firmamento

Se inunda áun más en claridad divina.


Fuente: Samper Acosta, Bertilda. (1879). “Una noche de luna”. La Mujer, I, N°20, pp. 175-176.


La Patria

Al soplo de las brisas del estío

Un soberbio navío

Sobre el tranquilo mar se deslimba;

De las ondas en paz sólo el murmullo

Como apacible arrullo

Al traves del silencio se escuchaba.


Ocultábase el sol rápidamente

Al fin del Occidente

Entre nubes de púrpura y de grana;

Y en pos la luna, en la celeste cumbre,

Con su mágica lumbre

Fingía en el mar brillante filigrana.


A bordo del bajel dos marineros

Miraban los luceros

De la noche brillar; el firmamento

Con su serena luz se engalanaba,

Y á los léjos sonaba

El rumoroso suspirar del viento.


Y uno de ellos, gimiendo, así decía:

“ Oh dulce Patria mia,

No volveré jamas á contemplarte? …

Esto léjos de ti, mas no ha podido

Empañarte el olvido

Y nunca, nunca, dejaré de amarte!


“ Oh verde montes! valle floreciente

Donde pasé inocente

Mis más hermosos y apacibles años!

Árboles altos que me daban sombra,

Y matizada alfombra

Donde triseaban tímidos rebaños!


“ Rústico puente sobre el hondo rio,

En cuyo sitio umbrío

Miré las aguas rápidas, sonoras!

Hermosos bosques donde tántas veces

Apetitosas nueces

Recogiendo, pasé felices horas!


“Padres queridos! afectuoso hermano!

Desde entónces en vano

A mis oídos vuestra voz retumba!

Rregresar á la Patria inútil fuera,

Que al hacerlo no viera

Sino el ciprés de vuestra blanca tumba! “


Un instante despues el marinero

Le dijo al compañero

Que le escuchaba en silenciosa calma:

-Oh! ¿no guardas tambien en la memoria

De tu infancia la historia,

Y al recordarla no se aflige tu alma?


-Mi corazon tambien, cual fiel testigo,

Respondióle su amigo,

Recuerda siempre su lejana tierra!

Y largos años de pesar y enojos

Han llorado mis ojos

Las dulces prendas que su seno encierra!


“Mas sé que sólo á la materia inerte

Puede vencer la muerte,

Que el alma vive y estará en el cielo!

Que desterrados en el mundo estamos,

Y que dicha no hallamos

Ni en las delicias del nativo suelo!


“Al firmamento que estrellado vemos

Nuestra mirada alcemos

Desde estas mudas y movibles olas;

En la Patria feliz t verdadera,

La que nuestra alma espera,

A la que aspira el corazon á solas!


“Oh inmensa esfera luminosa y bella!

Nuestra Patria está en ella

No en esta triste y terrenal morada!

Por doquiera que voy siempre la veo,

Y mi mayor deseo

Es el llegar á merecer su entrada…".


Quedáronse los dos, graves, calmados,

A un mástil apoyados,

Mirando el cielo y olvidando el mundo.

Súbito el buque se inclinó adelante,

Y en impensado instante

Cayeron ambos en el mar profundo!


Vieron los otros marineros esta

Aventura funesta,

Y una barca á salvarlo fue lanzada;

Mas en vano remó su afan incierto….

Ya estaban en el puerto

De la Patria dichosa y anhelada!

Fuente: Samper Acosta, Bertilda. (1880). “La patria”. La Mujer, IV, N°40, pp. 85-86. 


“Dar de comer al hambriento”

Cuenta la historia de Isabel de Hungría

Que esta princesa, un dia,

De Turingia las fértiles montañas

Atravesaba, abandonando el brillo

De su régio castillo

Por visitar del pobre las cabañas.


A sus plantas el valle florecido

Formaba verde nido

De hermosos bosques á la espera sombra;

Entonaban las fuentes solitarias

Sus lánguidas plegarias

Sobre la fresca y olorosa alfombra.


Blanqueaba á lo léjos la capilla

De una aldea sencilla;

Más cercano, un arroyo placentero...

Paisajes sin rival, encantadores,

Que en siglos posteriores

Con su presencia profanó Lutero!


Sin embargo Isabel no los veía,

Entanto que seguía

Por la escarpada y desigual vereda,

Con lentitud y con cuidado andaba,

Pues, cual siempre, llevaba

De viandas lleno el delantal de seda.


Alimento de huérfanos, mendigos...

Los más caros amigos

De esta bella princesa y gran señora;

Que ella misma les daba, compasiva,

En visita furtiva,

Diariamente, con voz halagadora.


“Me socorriste cuando estuve hambriento:

Dando al pobre alimento

Lo has dado á Aquel que con amor te ha visto".

Esta frase tan dulce merecia

Y en práctica ponía,

La discípula fiel de Jesucristo!


Del sendero apartando los abrojos,

Elevaba los ojos

A la cúpula azul del firmamento,

Y la tierra y su afan daba al olvido...

Cuando agudo sonido

Por las breñas le trajo el ráudo viento.


Es el cuerno de caza de su esposo

Que así turba el reposo

De ese valle feraz con sus rumores.

Isabel se detiene vacilante,

Pero en aquel instante

Desembocan allí los cazadores.


El Duque de Turingia es el primero,

Cuyo paso ligero

Las flores troncha del gramal espeso;

Divisando á Isabel que, consternada,

Bajo verde enramada

Quiere ocultar su generoso peso.


Porque recuerda, y con razon se asusta,

Que su esposo no gusta

De mirarla vagar por los senderos

De esta bella pero áspera montaña,

De cabaña en cabaña,

Con tal peso y afan, sin compañeros.


Luis se acerca, aunque tierno algo impaciente,

Doblegando su frente

La más bella y mejor de las esposas...

Sacude el delantal de la Duquesa,

Pero ¡oh mútua sorpresa!....

No encuentra en él sino fragantes rosas.


Que con este prodigio inesperado,

Quiso Dios de su agrado

Y su eterno poder dar prueba inmensa:

Así como tambien todos los días

Con dulces alegrías

La caridad del hombre recompensa


Fuente: Samper Acosta, Bertilda. (1881). “Dar de comer al hambriento”. La Mujer, V, N°59-60, p. 262.


Bibliografía

Editoras académicas: Ana María Agudelo Ochoa y Claire Emilie Martin.  © Escritoras Latinoamericanas del Diecinueve - Colección Virtual.  Long Beach, California, EE. UU.  Página web: http://eladd.org/

Las mejores poetisas colombianas / Josefa Acevedo de Gómez... [et al.].  Series Biblioteca aldeana de Colombia Selección Samper Ortega de literatura colombiana.  Editor: [Bogotá] : Minerva, 1936.

Comentarios