Jennifer García Acevedo (1995)
Jennifer García Acevedo, escritora colombiana
Biografía
Jennifer García Acevedo es una destacada poeta, gestora cultural y tallerista nacida en Medellín el 20 de junio de 1995. Estudiante de Filología y Artes Escénicas, su obra ha sido ampliamente reconocida y publicada en diversas revistas, periódicos y antologías tanto nacionales como internacionales. Sus poemas han sido traducidos a múltiples idiomas, incluyendo inglés, vietnamita, árabe, francés y creole haitiano.
En 2019, García Acevedo obtuvo el Premio Nacional de Poesía José Santos Soto, un reconocimiento que destaca su talento y contribución a la poesía contemporánea. Entre sus publicaciones se encuentran "Estaciones de lo invisible" (Sakura ediciones, 2019), "Escribir lo invisible" (antología personal, Nuevas Voces Editores, 2021) y "Incertidumbre del nombrar" (Sakura ediciones, 2021). Además, ha participado en numerosos festivales internacionales de cine y literatura, lo que ha ampliado su influencia y reconocimiento en el ámbito cultural.
Jennifer García Acevedo es también la directora del Festival Internacional de Poesía de Fredonia en Colombia y fundadora del Encuentro de Poesía León de Greiff en Fredonia. Su compromiso con la promoción de la poesía y la cultura se refleja en su trabajo como tallerista y colaboradora de la revista Liberoamérica.
El poeta Juan Manuel Roca ha elogiado su libro "Incertidumbre del nombrar", destacando la profundidad de las preguntas que plantea su poesía y su capacidad para tocar temas universales con una voz auténtica y poderosa.
Obras
- Estaciones de lo invisible (2019)
- Escribir lo invisible (2021)
- Incertidumbre del nombrar (2021)
Poemas
El centro de la fiesta
A Daniel
La infancia es una casa sin huésped, dices. Y tu palabra ahuyenta a los que cantan. Basta un gesto para saber que permanecen ciegos a la sombra de la orquesta, detenidos en la madera del oboe, indiferentes al lenguaje secreto del mundo. La infancia es una casa sin huésped, insistes, pero nadie responde.
Extraviados, tocan las cuerdas invisibles del aire, mientras sus voces se agolpan, cercanas y diferentes como letras de un mismo alfabeto. La infancia es una casa sin huésped, te oigo decir tantas veces, pero el sonido del timbal es todo cuanto existe, más allá de eso, poco importan tus cavilaciones, tu condición de asmático en la habitación cerrada, tu memoria atravesada por la herida. Esto es lo que temen. Escuchar a un hombre hablar desde la orilla oscura cuando las puertas de la fiesta se abren y Dios baila en su centro.
Retrato del pescador
En esta época del año
los pescadores arriban en sus puertos
para dejar tras de sí,
la pesada carga de la muerte
Que lo que antes hubo de concernirles
ahora pertenezca a otros,
suficiente hay en el desdeñoso acto de arremeter
contra el océano,
y arrebatarle su provisión de vida.
Vuelven a casa
al terminar el día
dejando la lejana orilla
que en su quietud añoraron
Encuentran el consuelo
bajo la creencia
de que en esta tierra mueren
tantos peces como hombres
Y detenidos con desparpajo
sobre una cama de hierro,
cierran los ojos
que hace algunas horas vislumbraron un mar en calma.
Ahora se limpian las ruinas del remordimiento
cubriéndose con sábanas blancas
y entregando la oración diaria
como ya es costumbre.
Es momento de hacer la retirada
-Se dicen los unos a los otros- en el sueño.
Mientras el océano
como un animal nocturno irrumpe
reclamando por el largo abandono
que a ellos desde luego
también les concierne.
Sobre la necesidad de nombrar
Alguien debe hacerse cargo de lo que no se sabe.
Jorge Cadavid
No existe aquello que no se nombra, solo lo que se nombra existe, dicen los hombres todo el tiempo, pero hay quienes nombran el mar para acabar con la sed del mundo y quienes nombran la fiebre como si revelaran la aparición del sol entre los huesos. Pregunto por lo que existe, y en cambio escucho a las mujeres dar un nombre al hijo que nunca tuvieron, las veo mecer su sombra hasta el amanecer, mientras llenan de leche una vasija de la que nadie bebe. He visto también a hombres ciegos hablar del relámpago como de un objeto conocido, señalar la intensidad de su luz y su recorrido hasta el suelo, luego están quienes aseguran haber visto a Dios de pie sobre el agua. Entre tanta verdad improbable y tanta visión amenazadora, la incertidumbre es nuestro consuelo. ¿O acaso bastaría con nombrar la cuerda imaginaria para que fuera posible sujetarse de ella?
Insistencia en lo invisible
Es preciso insistir en lo invisible, eso que crece más allá del estallido. En la voz terrible de un Dios que abarca todo sin tocarlo, en la imagen detenida detrás de la máscara, en la vibración del objeto a punto de caer. Entre los acontecimientos más tristes que suceden al hombre, está el no poder manipular lo incorpóreo, darle un molde y sostenerlo a su gusto. ¿Qué resultaría de asignarle un rostro al aire, de reunir todas las palabras que se dicen afuera del mundo, o de tomar una fracción de vacío y saltar? Nadie puede extraer lo que está en el fondo de su propia sombra y tal vez por esto, permanecemos a salvo. Pero hay cierta predisposición al peligro, cierta inquietud rodeando lo visible, un lenguaje incierto para nombrar cuanto no vemos, pero presentimos. Algo en nosotros no se resigna, busca, imagina, indaga, extiende su mano abierta, sabe que nunca alcanzará nada, pero aun así la cierra para no perder lo desconocido.
¡Libertad... para pensar!
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