La despedida

Ayer, en el silencio del cementerio, me despedí de Marcos. Mientras regresaba a casa, un temor angustiante se apoderó de mí: el miedo de que pudiera despertar y no encontrarme a su lado. Lo imaginé inmóvil, vestido con sus mejores galas, confinado en ese cajón alargado donde enfrentará la oscuridad eterna. Marcos partió sin despedida, desencantado, exhausto tras batallar durante meses contra la enfermedad, la negligencia médica y la intolerancia familiar. No murió solo; todos nosotros nos fuimos consumiendo con él. En su tumba reposa la sombra de la mujer de 45 años que fui cuando los primeros síntomas de la enfermedad asomaron en mi esposo. Aquella tarde, el médico, con ligereza y promesas vanas, anunció que debían extirpar la mitad de su estómago, asegurando que todo estaría bien, que podría retomar su vida con algunos cuidados básicos. Marcos se aferró al humo mientras yo, sin opción, me sumergí en su entusiasmo, hilvanando sueños rotos que, a pesar de desvanecerse,...